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— ¿ Es usted la hija del Sr . Candiola ? — dijo éste sacando del bolsillo un puñado de monedas , y haciendo una breve cuenta en la pared con un pedazo de carbón que tomó del suelo . — Sesenta y ocho costales de harina á cuarenta y ocho reales , son tres mil doscientos sesenta y cuatro . No valen ni la mitad , y me dan mucho olor á húmedo . Tome usted , niña : aquí está la cantidad justa . María Candiola no hizo movimiento alguno para tomar el dinero , y Montoria lo depositó sobre un cajón , diciendo : — Ahí está . Entonces la muchacha , con brusco y enérgico movimiento , que parecía , y lo era ciertamente , inspiración de su dignidad ofendida , tomó las monedas de oro , de plata y de cobre , y las arrojó á la cara de Montoria , como quien apedrea . Desparramóse el dinero por el suelo y en el quicial de la puerta , sin que se haya podido averiguar en lo sucesivo dónde fué á esconderse . Inmediatamente después , la Candiola , sin decirnos nada , salió á la calle , buscando con los ojos á su padre entre el apiñado gentío , y al fin , ayudada de algunos mozos , que no sabían ver con indiferencia la desgracia de una mujer , rescató al anciano del cautiverio infame en que los muchachos le tenían . Entraron padre é hija por el portalón de la huerta , cuando empezábamos á sacar la harina . XIII Concluída la conducción , busqué á Agustín ; pero no le encontraba en ninguna parte , ni en casa de su padre , ni en el almacén de la Junta de Abastos , ni en el Coso , ni en Santa Engracia . Al fin halléle á la caída de la tarde en el Molino de pólvora , hacia San Juan de los Panetes . He olvidado decir que los zaragozanos , atentos á todo , habían improvisado un taller donde se elaboraban diariamente de nueve á diez quintales de pólvora . Ayudando á los operarios que ponían en sacos y en barriles la cantidad fabricada en el día , ví á Agustín Montoria trabajando con actividad febril . — ¿ Ves este enorme montón de pólvora ? — me dijo cuando me acerqué á él . — ¿ Ves aquellos sacos y aquellos barriles todos llenos de la misma materia ? Pues aún me parece poco , Gabriel . — No sé lo que quieres decir . — Digo que si esta inmensa cantidad de pólvora fuera del tamaño de Zaragoza , me gustaría aún más . Sí : y en tal caso , quisiera yo ser el único habitante de esta gran ciudad . ¡ Qué placer ! Mira , Gabriel , si así fuera , yo mismo le pegaría fuego , volaría hasta las nubes escupido por la horrorosa erupción , como la piedrecilla que lanza el cráter del volcán á cien leguas de distancia . Subiría al quinto cielo ; de mis miembros despedazados al caer , después de esparcidos en diferentes distancias , no quedaría memoria . La muerte , Gabriel , la muerte es lo que deseo . Pero yo quiero una muerte . . . No sé cómo explicártelo . Mi desesperación es tan grande , que morir de un balazo , morir de una estocada no me satisface .
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