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La tenacidad del avaro era tal , que resolví marcharme sin él , dejándole entregado á su delirante inquietud . Llegó á toda prisa Doña Guedita , trayendo una piqueta y una azada , juntamente con un canastillo en que ví algunas provisiones . — Señor — dijo sentándose fatigada y sin aliento . — Aquí está la piqueta y el azadón que me ha dado mi sobrino . Ya no hacen falta , porque no se trabajará más en fortificaciones . . . Aquí están estas pasas medio podridas , y algunos mendrugos de pan . La dueña comía con avidez . No así Candiola , que , despreciando la comida , cogió la piqueta , y resueltamente empezó á desquiciar la reja . Trabajando con ardiente actividad , decía : — Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme , Doña Guedita , entre usted y yo lo haremos todo . Coja usted la azada y prepárese á levantar el cascajo . Mucho cuidado con las vigas , que todavía humean . Mucho cuidado con los clavos . Luego , volviéndose á mí , que fijaba la atención en las señas de inteligencia hechas por el ama de llaves , me dijo : — ¡ Eh ! Vaya usted noramala . ¿ Qué tiene usted que hacer en mi casa ? ¡ Fuera de aquí ! Ya sabemos que viene á ver si puede pescar alguna cosa . Aquí no hay nada . Todo se ha quemado . No había , pues , esperanza de llevarle á las Tenerías para tranquilizar á la pobre Mariquilla , por lo cual , no pudiendo detenerme más , me retiré . Amo y criada proseguían con gran ardor su trabajo . XX Dormí desde las tres al amanecer , y por la mañana oímos misa en el Coso . En el gran balcón de la casa llamada de las Monas , hacia la entrada de la calle de las Escuelas Pías , ponían todos los domingos un altar y allí se celebraba el oficio divino , pudiéndose ver el sacerdote , por la situación de aquel edificio , desde cualquier punto del Coso . Semejante espectáculo era muy conmovedor , sobre todo en el momento de alzar , y cuando , puestos todos de rodillas , se oía un sordo murmullo de extremo á extremo . Poco después de terminada la misa , advertí que venía como del Mercado un gran grupo de gente alborotada y gritona . Entre la multitud , algunos frailes pugnaban por apaciguarla ; pero ella , sorda á las voces de la razón , más rugía á cada paso , y en su marcha arrastraba una víctima sin que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos . Detúvose el pueblo irritado junto á la subida del Trenque , donde estaba la horca , y al poco rato uno de los dogales de ésta suspendió el cuerpo convulso de un hombre , que se sacudió en el aire hasta quedar exánime . Sobre el madero apareció bien pronto un cartel que decía : Por asesino del género humano , á causa de haber ocultado veinte mil camas .
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