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Aunque con viva inclinación á la poesía ( pues Agustín era poeta ) , había aprendido la ciencia teológica , descollando en ella como en todo . Los Padres del Seminario , hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud , le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las divinas , y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia docente . La familia de Montoria no cabía en sí de gozo , y esperaba el día de la primera misa como el santo advenimiento . Sin embargo ( me veo obligado á decirlo desde el principio ) , Agustín no tenía vocación eclesiástica . Su familia , lo mismo que los buenos Padres del Seminario , no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona . El precoz teólogo , el humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos , el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la intelectual gimnasia de la ciencia escolástica , no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra , Rafael para las matemáticas , ó Napoleón para el baile . V — Gabriel — me decía aquella mañana , — ¿ tienes ganas de batirte ? — Agustín , ¿ tienes tú ganas de batirte ? — repliqué . ( Como se ve , nos tuteábamos á los tres días de conocernos . ) — No muchas — dijo . — Figúrate que la primera bala nos matará . . . — Moriríamos por la patria , por Zaragoza ; y aunque la posteridad no se acordara de nosotros , siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como ésta . — Dices bien — repuso con tristeza ; — pero es una lástima morir . Somos jóvenes . ¿ Quién sabe lo que nos está destinado en la vida ? — La vida es una miseria , y para lo que vale mejor es no pensar en ella . — Eso que lo digan los viejos ; pero no nosotros que empezamos á vivir . Francamente , yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses . En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario , y te confieso que estaba yo más valiente que ahora . No sé qué fuego enardecía mi sangre , y me lanzaba á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte . Hoy no me pasa lo mismo : estoy medroso , y el disparo de un fusil me hace estremecer . — Eso es natural — contesté . — El miedo no existe cuando no se conoce el peligro . Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños .
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