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— ¿ Honrada ? ¿ Cómo he de dudar eso , hija mía ? , pues no faltaba más . Lo que dudo es que usted tenga buena salud . Está usted fatigada , y me parece que debemos tomar un coche . . . ¡ Eh ! , cochero . . . La de Rubín se dejó llevar , y maquinalmente entró en el simón . Alguna vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle . Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño ; pero ella no contestaba de una manera completamente acorde . De pronto le miró en la oscuridad del vehículo , diciéndole : « ¿ Y tú , quién eres ? . . . ¿ A dónde me llevas ? ¿ Por quién me has tomado ? ¿ No sabes que soy honrada ? » . — ¡ Ay , Dios mío ! — murmuró el buen D . Evaristo con hondísimo disgusto — . Esa cabeza no está buena , ni medio buena . . . Por fin llegaron , y los dos subieron . La criada les abrió . « Ahora — dijo el simpático coronel retirado — , a acostarse . ¿ Quiere usted que le traiga un médico ? » . Sin contestar , metiose ella en su alcoba . Feijoo la siguió , afligidísimo de verla en tan lastimoso estado . Después , él y la criada , cuchichearon . — Rompimiento . . . Le ha dado otra vez el canuto ese bergante — decía D . Evaristo — . Si no es más que eso , la trinquetada pasará . Despidiose hasta el día siguiente , y la dolorida se acostó diciendo a la criada mientras la ayudaba a desnudarse : « Honrada soy , y lo he sido siempre . ¿ Qué ? . . . ¿ lo dudas tú ? » . — Yo . . . no señorita ; ¿ qué he de dudarlo ? — replicó la criada , volviendo la cara para disimular una sonrisa . Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín ; pero a la media hora ya estaba despierta y muy excitada . Dorotea , que se quedó junto a ella , la oyó cantando , a media voz y con las manos cruzadas , las coplas místicas de las Micaelas . - IV - Un curso de filosofía práctica - i - Dos o tres veces fue D . Evaristo al siguiente día a enterarse de la salud de Fortunata ; pero no la pudo ver . Dorotea le dijo que la señorita no quería ver a nadie , y que de tanto pensar que era honrada , le dolía horriblemente la cabeza . Al otro día la señorita estaba un poco mejor , se había levantado y apetecido un sopicaldo . « Pero sigue con la misma idea — añadió no sin malicia la chica , que era graciosa y avisada — . Se lo prevengo , señor , para que le lleve el genio y le diga que sí » . — Descuida , hija — replicó el caballero — , que por mí no ha de quedar . ¿ Puedo verla ? ¿ No la molestaré mucho ? ¿ Sabe que estoy aquí ? — Ya lo sabe . Espérese un ratito y pasará . Quedose solo en el comedor mi hombre , y después de quince minutos de espera , Dorotea le mandó pasar . Estaba Fortunata en su gabinete , tendida en el sofá , la cabeza reclinada sobre un almohadón de raso azul . Tenía puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza , tan ajustado , que no se le veía más que el óvalo del rostro . Estaba ojerosa , pálida y muy abatida . Como D . Evaristo se preciaba de saber algo de medicina , tomole el pulso .
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