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— Mire usted que no me deja vivir . . . Todos los días viene tres veces . La noche que me dieron el Viático , en el momento aquel , miré para este lado y lo primero que vi fue a Ramsés II , con una vela en la mano . ¡ Cómo me miraba el infeliz ! . . . Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil , pidiendo a Dios que viviera . — Podrá ser . . . No le olvidaré . Abur , abur . Y D . Evaristo se quedó solo , pensativo y dulcemente ensimismado , saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo el bien posible , o de haber evitado el mal en la medida que la Providencia ha concedido a la iniciativa humana . - V - Otra restauración - i - Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a las dulzuras tranquilas del método en la vida , concluyen , abusando en cierto modo de la regularidad , por someter al casillero del tiempo , no sólo las ocupaciones , sino los actos y funciones del espíritu y aun del cuerpo que parecen más rebeldes al régimen de las horas . Así , pues , la gran doña Lupe , cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma , había distribuido tan bien el tiempo , que hasta para pensar en cualquier asunto de interés que sobreviniese , tenía marcada una parte del día y un determinado sitio . Cuando era preciso meditar , por el picor de una de esas ideas , hermanas del abejorro , que se plantan en el cerebro y no hay medio de sacudirlas , o doña Lupe no meditaba , o tenía que hacerlo sentada en la silleta junto a la ventana de la sala , los anteojos en el caballete de la nariz , la cesta de la ropa delante y el gato muy repantigado en un extremo de la alfombrita . La meditación era mucho más honda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda , hasta más arriba de la muñeca , dentro de una media , y si las claraboyas de esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como los de una cárcel . Tal era la fuerza del método , que doña Lupe no pensaba a gusto sino allí , así como para hacer sus cálculos aritméticos el mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina ( en tiempo de guisantes ) , o cuando ponía los garbanzos de remojo . La costumbre obraba estos prodigios , y lo mismo era ver la señora los garbanzos y poner su mano en ellos , que se le llenaba el cerebro de números y veía claro en sus negocios , si le convenía o no tal préstamo , si debía quedarse o no con tal o cual alhaja . Al levantarse , por la mañana temprano , preveía todos los sucesos y acciones del día que empezaba , y se preparaba para ellos con una evocación mental de su energía , y con la distribución metódica de las horas para todo lo previsto y probable . Era esto como si se diera cuerda , acumulando en sí la fuerza inteligente que necesitaba .
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