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— ¡ Sí que no vale un boliviano ! El Coronelito voltea el reloj por la cadena , y con risa jocunda lo manda al cenagal , entre los marranos : — ¡ Qué valedor ! La comadre aprobaba mansamente . Había velado el tiro con el propósito de ir luego a catearlo . El Coronelito se quitó una sortija : — Con esto podrás remediarte . La chinita se echó por tierra , besando las manos al valedor . VI El Cruzado se metía puertas adentro , para ponerse calzones y ceñirse el cinto del pistolón y el machete . Le sigue la coima : — ¡ Pendejada que resultare fulero el anillo ! — ¡ Pendejada y media ! La chinita le muestra la mano , jugando las luces de la tumbaga : — ¡ Buenos brillos tiene ! Puedo llegarme a un empeñito para tener cercioro . — Si corres uno solo pudieran engañarte . — Correré varios . A ser de ley , no andará muy distante de valer cien pesos . — Tú ve en la cuenta de que vale quinientos , o no vale tlaco . — ¿ Te parés lo lleve mero mero ? — ¿ Y si te dan cambiazo ? — ¡ Que esperanza ! VII El Coronelito , sobre la puerta del jacal , atalayaba el Campo del Perulero . — No te dilates , manís . Ya salía el cholo , con el crío en brazos y la chinita al flanco . Suspira , esclava , la hembra : — ¿ Cuándo será la vuelta ? — ¡ Pues , y quién sabe ! Enciéndele una velita a la Guadalupe . — ¡ Le encenderé dos ! — ¡ Está bueno ! Besó al crío , refregándole los bigotes , y lo puso en brazos de la madre . VIII El Coronelito y Zacarías caminaron por el borde de la gran acequia hasta el Pozo del Soldado . Zacarías echó al agua un dornajo , atracado en el légamo , y por la encubierta de altos bejucales y floridas lianas remontaron la acequia . LIBRO SEGUNDO LA TUMBAGA I Empeñitos de Quintín Pereda . — La chinita se detuvo ante el escaparate , luciente de arracadas , fistoles y mancuernas , guarnecido de pistolas y puñales , colgado de ñandutís y zarapes : Se estuvo a mirar un buen espacio : Cargaba al crío sobre la cadera , suspenso del rebozo , como en hamaca : Con la mano barríase el sudor de la frente : Parejo recogía y atusaba la greña : Se metió por la puerta con humilde salmodia : — ¡ Salucita , mi jefe ! Pues aquí estamos , no más , para que el patroncito se gane un buen premio . ¡ Lo merece , que es muy valedor y muy cabal gente ! ¡ Vea qué alhajita de mérito ! Jugaba sobre el mostrador la mano prieta , sin sacarse el anillo . Quintín Pereda , el honrado gachupín , declinó en las rodillas el periódico que estaba leyendo y se puso las antiparras en la calva : — ¿ Qué se ofrece ? — Su tasa . Es una tumbaga muy chulita . Mi jefecito , vea no más los resplandores que tiene . — ¡ No querrás que te la precie puesta en el dedo ! — ¡ Pues sí que el patroncito no es baqueano ! — ¡ Hay que tocar el aro con el agua fuerte y calibrar la piedra ! La chinita se quitó el anillo , y , con un mohín reverente , lo puso en las uñas del gachupín : — Señor Peredita , usted me ordena . Agazapada al canto del mostrador , quedó atenta a la acción del usurero , que , puesto en la luz , examinaba la sortija con una lente :
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