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— Pues este Nabucodonosor que tiene usted delante , mi señor don Mamerto , no necesita que nadie le explique lo que ha soñado , que harto lo entiende . Y como yo me entiendo , a usted sólo le importa saber que en adelante pueden usted y todo el cabildo , y cuantos hombres se visten por la cabeza , contar con mi amistad . . . , pero no con mi bolsa . Hoy no se fía aquí , mañana tampoco . Pidió D . Mamerto explicaciones , y a fuerza de mucho rogar logró que D . Fermín le contase el sueño del protesto . Quiso el maestrescuela tomarlo a risa ; pero al ver la seriedad del otro , que ponía toda la fuerza de su fe supersticiosa en atenerse a la lección del protesto , quemó el canónigo el último cartucho diciendo : — El sueño de usted es falso , es satánico ; y lo pruebo probando que es inverosímil . Primeramente , niego que haya podido hacerse en el cielo un protesto . . . , porque es evidente que en el cielo no hay escribanos . Además , en el cielo no puede cumplirse con el requisito de extender el protesto antes de la puesta del sol del día siguiente . . . , porque en el cielo no hay noche ni día , ni el sol se pone , porque todo es sol , y luz , y gloria , en aquellas regiones . Y como D . Fermín insistiera en su superchería , moviendo a un lado y a otro la cabeza , don Mamerto , irritado , y echándolo a rodar todo , exclamó : — Y por último . . . niego . . . el portador . No es posible que su alma de usted se presentara a cobrar la letra . . . ¡ porque los usureros no tienen alma ! — Tal creo — dijo D . Fermín , sonriendo muy contento y algo socarrón — ; y como no la tenemos , mal podemos perderla . Por eso , si viviera el cura aquel de mi parroquia , le demostraría que yo no puedo perder nada . Ni siquiera he perdido el dinero que he empleado en cosas devotas , porque la fama de santo ayuda al crédito . Pero como ya he gastado bastante en anuncios , ni pago esa obra de fábrica . . . ni aprendo la oración de San Antonio . LA YERNOCRACIA Hablaba yo de política días pasados con mi buen amigo Aurelio Marco , gran filósofo fin de siècle y padre de familia no tan filosófico , pues su blandura doméstica no se aviene con los preceptos de la modernísima pedagogía , que le pide a cualquiera , en cuanto tiene un hijo , más condiciones de capitán general y de hombre de Estado que a Napoleón o a Julio César . Y me decía Aurelio Marco :
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