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— Estos jóvenes que me siguen son hazañosos ; mas si usted no quiere afrontar calamidades , escoja al que le provoque y escápese en una balsa por este río . — ¿ Y mi tesoro ? ¿ No sabe que el Cayeno guarda los despojos de Lucianito ? ¿ Cree usted que sin esa prenda andaría yo suelto ? Por lo pronto nada tuve que replicar . — Los huesos de mi hijo son mi cadena . Vivo forzado a portarme bien para que me permitan asolearlos . Ya les dije a ustedes que ni siquiera los poseo todos : el día que los exhumé , tuve que dejarle a la sepultura algunas falanges que aún estaban frescas . Los cargaba envueltos en mi cobija , y cuando el Cayeno me capturó , a mi regreso del Vaupés , en la trocha que enlaza al Isani y al Kerari , pretendía botármelos por la fuerza . Ahora los conservo , limpios , blancos , dentro de una caja de kerosén , bajo la barbacoa de mi patrón . — Don Clemente , tiene usted evidencia de que esos restos . . . — ¡ Sí ! ¡ Ésos son ! ¡ La calavera es inconfundible : en la encía superior un diente encaramado sobre los otros ! Tal vez con la pica alcancé a perforar el cráneo , pues tiene un agujero en el frontal . Hubo una pausa . No sé si en aquel momento se había agrietado la decisión de mis compañeros , que callaban en corro meditabundo . El mulato dijo , aproximándose a don Clemente : — Camaráa , siempre es mejorcito que nos volvamos . Mi mamá se quedó sola , y mi ganao se mañosea . Tengo cuatro cachonas de primer parto , y de seguro que ya tan parías . Déjese de güesos , que son guiñosos . Es malo meterse en cosas de dijuntos . Por eso dice la letanía : « Aquí te encierro y aquí te tapo , el diablo me yeve si un día te saco » . Ruéguele a estos señores que reclamen la güesamenta y la sepulten bajo una cruz y verá usté que se le compone la suerte . ¡ Resuelva ligero , que ya es tarde ! — ¡ Cómo ! ¿ Arriesgarnos a que nos prenda Funes ? Usted no sabe en qué tierra está . Los secuaces del coronel merodean por aquí . — Y ya no es tiempo de indecisiones — exclamé colérico — . ¡ Mulato , adelante ! ¡ Ya te pasó la hora ! Helí Mesa , entonces , acercóse al « tambo » , a prenderle fuego . Don Clemente lo miraba sin protestar . — ¡ No , no ! — ordené — se quemarían los mapires envenenados . ¡ Los cazadores de indios pueden volver , y ojalá que se envenenen todos ! Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silenciosos ; me hacían daño mis pensamientos y una especie de pánico me invadía al meditar en mi situación . ¿ Cuáles eran mis planes ? ¿ En qué se apoyaba mi altanería ? ¿ Qué debían importarme las desventuras ajenas , si con las propias iba de rastra ? ¿ Por qué hacerle promesas a don Clemente , si Barrera y Alicia me tenían comprometido ? El concepto de Franco empezó a angustiarme : « Era yo un desequilibrado impulsivo y teatral » .
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