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Tiene sobre la mesa un libro viejo donde posa la mano distraída . Al fondo de la cuadra , en el espejo , una tarde dorada está dormida . Montañas de violeta y grisientos breñales , la tierra que ama el santo y el poeta , los buitres y las águilas caudales . Del abierto balcón al blanco muro va una franja de sol anaranjada que inflama el aire , en el ambiente obscuro que envuelve la armadura arrinconada . XII . Un criminal El acusado es pálido y lampiño . Arde en sus ojos una fosca lumbre , que repugna a su máscara de niño y ademán de piadosa mansedumbre . Conserva del obscuro seminario el talante modesto y la costumbre de mirar a la tierra o al breviario . Devoto de María , madre de pecadores , por Burgos bachiller en teología , presto a tomar las órdenes menores . Fué su crimen atroz . Hartóse un día de los textos profanos y divinos , sintió pesar del tiempo que perdía enderezando hipérbatons latinos . Enamoróse de una hermosa niña ; subiósele el amor a la cabeza como el zumo dorado de la viña , y despertó su natural fiereza . En sueños vió a sus padres - - labradores de mediano caudal - - iluminados , del hogar por los rojos resplandores , los campesinos rostros atezados . Quiso heredar . ¡ Oh , guindos y nogales del huerto familiar , verde y sombrío , y doradas espigas candeales que colmarán los trojes del estío ! Y se acordó del hacha que pendía en el muro , luciente y afilada , el hacha fuerte que la leña hacía de la rama de roble cercenada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Frente al reo , los jueces en sus viejos ropones enlutados , y una hilera de obscuros entrecejos y de plebeyos rostros - - los jurados . El abogado defensor perora , golpeando el pupitre con la mano ; emborrona papel un escribano , mientras oye el fiscal indiferente el alegato enfático y sonoro , y repasa los autos judiciales o , entre sus dedos , de las gafas de oro acaricia los límpidos cristales . Dice un ujier : « Va sin remedio al palo » . El joven cuervo la clemencia espera . Un pueblo carne de horca , la severa justicia aguarda que castiga al malo . XIII . Amanecer de otoño A Julio Romero de Torres . Una larga carretera entre grises peñascales y alguna humilde pradera donde pacen negros toros . Zarzas , malezas , jarales . Está la tierra mojada por las gotas del rocío , y la alameda dorada , hacia la curva del río . Tras los montes de violeta quebrado el primer albor . A la espalda la escopeta , entre sus galgos agudos , caminando un cazador . XIV . En tren Yo para todo viaje , - - siempre sobre la madera de mi vagón de tercera - - voy ligero de equipaje . Si es de noche , porque no acostumbro a dormir yo , y de día , por mirar los arbolitos pasar , yo nunca duermo en el tren , y , sin embargo , voy bien . ¡ Este placer de alejarse ! Londres , Madrid , Ponferrada , tan lindos para marcharse . . . Lo molesto es la llegada . Luego , el tren , al caminar , siempre nos hace soñar ; y casi , casi olvidamos el jamelgo que montamos . ¡ Oh , el pollino que sabe bien el camino ! ¿ Dónde estamos ? ¿ Dónde todos nos bajamos ? ¡ Frente a mí va una monjita tan bonita !
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