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— No saben nada del caso . . . Y si lo supieran , ¡ qué demonio ! . . . ¿ les he entregado yo el hijo para que les haga la corte á todas horas ? Pues mírate : entre los dos extremos , más le quiero con resabios de Zanguina , que plagando la casa y la ciudad de mascarones pintados con añil y yema de huevo , como hace el otro . — Yo me entiendo , Pedro . — También me entiendo yo , Andrea . . . y también te entiendo á tí ; sólo que tampoco en eso vamos conformes . Lo que esté de Dios , á la mano ha de venirse ; y lo que no venga de ese modo , ni debe buscarlo él , ni debes forzarle tú para que lo busque ; porque ni lo necesita , ni , si me apuras un poco , le conviene . . . Y basta de conversación . XIV EL DIABLO EN ESCENA Precisamente muy pocas horas después de ella , fué cuando Andrés se decidió á manifestar á su padre uno de los deseos , de los pocos deseos más voraces que sentía : tener un bote suyo , ó la mitad siquiera , como muchos jovenzuelos de su edad . Porque entonces había una escuadrilla de elegantísimos esquifes particulares ( que se fondeaban enfrente del café Suizo ) , como ahora hay caballos de regalo y coches de fantasía . Procuró suavizar las asperezas que pudiera llevar consigo la pretensión , declarando á su padre que arrimaría á la compra todos los ahorros que había hecho de los sueldos y gratificaciones ganados en el escritorio . Sonrióse el capitán y le ofreció el regalo de un esquife nuevo , á condición de que no volviera á la Zanguina más que de tránsito y en los casos de necesidad ; porque necesidad de darse una vuelta por la Zanguina , la tenían cuantas personas de abajo eran dueñas de bote , ó aficionadas siquiera á los placeres de bahía . Andrés aceptó de buena gana la condición ; y con las instrucciones del mismo Bitadura , le construyó Lencho un esquife , aparejado de balandro , tan esbelto y sutil , que navegaba solo . Por entonces empezó tío Mechelín á adolecer de muchos achaques que á menudo le impedían salir á la mar , y aun le postraban en la cama . Los míseros ahorros se agotaron , y en la bodega comenzaron á sentirse varias necesidades , porque la labor de las mujeres no daba para cubrirlas todas . Andrés lo observó con mucha pena , sobre todo cuando se convenció de que los achaques del honrado pescador eran lacras del oficio enconadas por el peso de los años ; es decir , de las que no tienen cura y piden grandísimos cuidados para ir pasando el enfermo , poco á poco , el último y breve tramo de la vida .
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