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PRÓLOGO DE LAS ÚLTIMAS EDICIONES ( 4 . ª , 5 . ª y 6 . ª ) Ocupaciones apremiantes y crecientes achaques de la edad han estorbado acrecentar y perfeccionar , obedeciendo a mis deseos , el texto de este librito . Era mi propósito , a fin de corresponder dignamente al favor del público y , sobre todo , a las insistentes solicitudes de cultos extranjeros deseosos de traducir la obra , universalizarla en lo posible , purgándola de ciertos harto fogosos requerimientos y de algunas patrióticas efusiones que sonarían inoportuna o estridentemente en el oído de la juventud de aquellas naciones donde la ciencia , cultivada tradicionalmente y en incesante renovación , no ha menester de enérgicos estimulantes . Pero , repito , fuerzas superiores a mi voluntad han enfrenado mis ímpetus reformadores . Escrito el libro para España , entre españoles o hispanoamericanos debe quedar por ahora relegado . Con todo eso , y a despecho de la premura con que estas tres últimas ediciones han sido impresas , he introducido en cada una de ellas algunas modificaciones que estimo provechosas : He tachado tal cual pensamiento empalagosamente lírico o notoriamente inoportuno ; he limado el estilo harto frondoso e incorrecto en varios pasajes ; y , en fin , he desarrollado algunos capítulos , enriqueciéndolos con nuevos ejemplos o con observaciones pertinentes . Creo , pues , sinceramente , que las citadas últimas ediciones ( 4 . ª , 5 . ª y 6 . ª ) excusan , mejor que las anteriores , el inmerecido favor dispensado por la juventud estudiosa y la acogida lisonjera de ciertos ilustres profesores , a cuyas bondades quedo fervorosa y rendidamente agradecido . Madrid , 20 de julio de 1923 . CAPÍTULO PRIMERO Consideraciones sobre los métodos generales . — Infecundidad de las reglas abstractas . — Necesidad de ilustrar la inteligencia y de tonificar la voluntad . — División de este libro . Supongo en el lector cierta cultura filosófica y pedagógica general , y que , por consiguiente , sabe que las principales fuentes de conocimiento son : la observación , la experimentación y el razonamiento inductivo y deductivo . Obvio fuera insistir sobre tan notorias verdades . Me limitaré a recordar que en las ciencias naturales han sido ya , desde hace una centuria , definitivamente abandonados los principios apriorísticos , la intuición , la inspiración y el dogmatismo . Aquella singular manera de discurrir de pitagóricos y platonianos ( método seguido en modernos tiempos por Descartes , Fichte , Krause , Hegel y recientemente — aunque solo en parte — por Bergson ) , que consiste en explorar nuestro propio espíritu para descubrir en él las leyes del Universo y la solución de los grandes arcanos de la vida , ya solo inspira sentimientos de conmiseración y de disgusto . Conmiseración , por el talento consumido persiguiendo quimeras ; disgusto , por el tiempo y trabajo lastimosamente perdidos . La historia de la civilización demuestra hasta la saciedad la esterilidad de la metafísica en sus reiterados esfuerzos por adivinar las leyes de la naturaleza . Con razón se ha dicho que el humano intelecto , de espaldas a la realidad y concentrado en sí mismo , es impotente para dilucidar los más sencillos rodajes de la máquina del mundo y de la vida . Ante los fenómenos que desfilan por los órganos sensoriales , la actitud del intelecto solo puede ser verdaderamente útil y fecunda reduciéndose modestamente a observarlos , describirlos , compararlos y clasificarlos , según sus analogías y diferencias , para llegar después , por inducción , al conocimiento de sus condiciones determinantes y leyes empíricas .
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