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— Quien todo eso sabe — dijo el bárbaro Antonio — , cerca está de enmendarse ; no hay pecado tan grande ni vicio tan apoderado , que , con el arrepentimiento , no se borre o quite del todo . La lengua maldiciente es como espada de dos filos , que corta hasta los huesos , o como rayo del cielo , que , sin romper la vaina , rompe y desmenuza el acero que cubre ; y aunque las conversaciones y entretenimientos se hacen sabrosos con la sal de la murmuración , todavía suelen tener los dejos las más veces amargos y desabridos . Es tan ligera la lengua como el pensamiento , y si son malas las preñeces de los pensamientos , las empeoran los partos de la lengua ; y como sean las palabras como las piedras que se sueltan de la mano , que no se pueden revocar ni volver a la parte donde salieron hasta que han hecho su efeto , pocas veces el arrepentirse de haberlas dicho menoscaba la culpa del que las dijo , aunque ya tengo dicho que un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma . Capítulo XV En esto estaban , cuando entró un marinero en el hospedaje , diciendo a voces : — Un bajel grande viene con las velas tendidas encaminado a este puerto , y hasta agora no he descubierto señal que me dé a entender de qué parte sea . Apenas dijo esto , cuando llegó a sus oídos el son horrible de muchas piezas de artillería que el bajel disparó al entrar del puerto , todas limpias y sin bala alguna , señal de paz y no de guerra ; de la misma manera le respondió el bajel de Mauricio y toda la arcabucería de los soldados que en él venían . Al momento , todos los que estaban en el hospedaje salieron a la marina , y en viendo Periandro el bajel recién llegado , conoció ser el de Arnaldo , príncipe de Dinamarca , de que no recibió contento alguno : antes se le revolvieron las entrañas , y el corazón le comenzó a dar saltos en el pecho . Los mismos accidentes y sobresaltos recibió en el suyo Auristela , como aquella que por larga experiencia sabía la voluntad que Arnaldo le tenía , y no podía acomodar su corazón a pensar cómo podría ser que las voluntades de Arnaldo y Periandro se aviniesen bien , sin que la rigurosa y desesperada flecha de los celos no les atravesase las almas . Ya estaba Arnaldo en el esquife de la nave , y ya llegaba a la orilla , cuando se adelantó Periandro a recebille ; pero Auristela no se movió del lugar donde primero puso el pie , y aun quisiera que allí se le hincaran en el suelo y se volvieran en torcidas raíces , como se volvieron los de la hija de Peneo cuando el ligero corredor Apolo la seguía . Arnaldo , que vió a Periandro , le conoció , y , sin esperar que los suyos le sacasen en hombros a tierra , de un salto que dió desde la popa del esquife , se puso en ella , y en los brazos de Periandro , que con ellos abiertos le recibió , y Arnaldo le dijo :
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