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— No me puedo persuadir — dijo a esta sazón Arnaldo — que entre los que van por el mar navegando puedan entremeterse las blanduras de Venus ni los apetitos de su torpe hijo ; al casto amor bien se le permite andar entre los peligros de la muerte , guardándose para mejor vida . Esto dijo Arnaldo , por dar a entender a Auristela y a Periandro , y a todos aquellos que sus deseos conocían , cuán ajustados iban sus movimientos con los de la razón ; y prosiguió diciendo : — El príncipe , justa razón es que viva seguro entre sus vasallos , que el temor de las traiciones nace de la injusta vida del príncipe . — Así es — respondió Mauricio — , y aun es bien que así sea ; pero dejemos pasar este día , que si él da lugar a que llegue la noche sin sobresaltarnos , yo pediré y las daré albricias del buen suceso . Iba el Sol a esta sazón a ponerse en los brazos de Tetis , y el mar se estaba con el mismo sosiego que hasta allí había tenido ; soplaba favorable el viento ; por parte ninguna se descubrían celajes que turbasen los marineros ; el cielo , la mar , el viento , todos juntos y cada uno de por sí , prometían felicísimo viaje , cuando el prudente Mauricio dijo en voz turbada y alta : — ¡ Sin duda nos anegamos ! ¡ Anegámonos , sin duda ! Capítulo XIX Donde se da cuenta de lo que dos soldados hicieron , y la división de Periandro y Auristela . A cuyas voces respondió Arnaldo : — ¿ Cómo es esto , ¡ oh gran Mauricio ! ¿ Qué aguas nos sorben , o qué mares nos tragan ? ¿ Qué olas nos embisten ? La respuesta que le dieron a Arnaldo fué ver salir debajo de la cubierta a un marinero despavorido , echando agua por la boca y por los ojos , diciendo con palabras turbadas y mal compuestas : — Todo este navío se ha abierto por muchas partes ; el mar se ha entrado en él tan a rienda suelta , que presto le veréis sobre esta cubierta . Cada uno atienda a su salud y a la conservación de la vida . Acógete , ¡ oh príncipe Arnaldo ! , al esquife o a la barca , y lleva contigo las prendas que más estimas , antes que tomen entera posesión dellas estas amargas aguas . Estancó en esto el navío , sin poderse mover , por el peso de las aguas , de quien ya estaba lleno ; amainó el piloto todas las velas de golpe , y todos , sobresaltados y temerosos , acudieron a buscar su remedio : el príncipe y Periandro fueron al esquife , y , arrojándole al mar , pusieron en él a Auristela , Transila , Ricla y a la bárbara Constanza , entre las cuales , viendo que no se acordaban della , se arrojó Rosamunda , y tras ella mandó Arnaldo entrase Mauricio . En este tiempo andaban dos soldados descolgando la barca que al costado del navío venía asida , y el uno dellos , viendo que el otro quería ser el primero que entrase dentro , sacando un puñal de la cinta , se le envainó en el pecho , diciendo a voces : — Pues nuestra culpa ha sido fabricada tan sin provecho , esta pena te sirva a ti de castigo y a mí de escarmiento ; a lo menos , el poco tiempo que me queda de vida .
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