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Viendo el buen suceso del Interés , alentó su confianza , y sus remeros se esforzaron de modo que llegaron a igualar con el Interés ; pero , por el mal gobierno del timonero , se embarazó con las dos barcas primeras , de modo que los unos ni los otros remos fueron de provecho . Viendo lo cual la postrera , que traía por insignia a la Buena Fortuna , cuando estaba desmayada y casi para dejar la empresa , viendo el intrincado enredo de las demás barcas , desviándose algún tanto de ellas por no caer en el mismo embarazo , apretó , como decirse suele , los puños , y , deslizándose por un lado , pasó delante de todas . Cambiáronse los gritos de los que miraban , cuyas voces sirvieron de aliento a sus bogadores , que , embebidos en el gusto de verse mejorados , les parecía que , si los que quedaban atrás entonces les llevaran la misma ventaja , no dudaran de alcanzarlos ni de ganar el premio , como lo ganaron , más por ventura que por ligereza . En fin ; la Buena Fortuna fué la que la tuvo buena entonces , y la mía de agora no lo sería si yo adelante pasase con el cuento de mis muchos y extraños sucesos ; y así , os ruego , señores , dejemos esto en este punto , que esta noche le daré fin , si es posible que le puedan tener mis desventuras . ” Esto dijo Periandro , a tiempo que al enfermo Antonio le tomó un terrible desmayo ; viendo lo cual su padre , casi como adivinó de dónde procedía , los dejó a todos y se fué , como después parecerá , a buscar a la Zenotia , con la cual le sucedió lo que se dirá en el siguiente capítulo . Capítulo XI Paréceme que , si no se arrimara la paciencia al gusto que tenían Arnaldo y Policarpo de mirar a Auristela , y Sinforosa de ver a Periandro , ya la hubieran perdido escuchando su larga plática , de quien juzgaron Mauricio y Ladislao que había sido algo larga , y traída no muy a propósito , pues para contar sus desgracias propias no había para qué contar los placeres ajenos . Con todo eso , les dió gusto , y quedaron con él esperando oír el fin de su historia , por el donaire siquiera y buen estilo con que Periandro la contaba . Halló Antonio el padre a la Zenotia que buscaba , en la cámara del rey , por lo menos , y en viéndola , puesta una desenvainada daga en las manos , con cólera española y discurso ciego , arremetió a ella , diciéndole , la asió del brazo izquierdo , y , levantando la daga en alto , le dijo : — Dame , ¡ oh hechicera ! , a mi hijo vivo y sano , y luego , si no , haz cuenta que el punto de tu muerte ha llegado . Mira si tienes su vida envuelta en algún envoltorio de agujas sin ojos o de alfileres sin cabezas ; mira , ¡ oh pérfida ! , si la tienes escondida en algún quicio de puerta o en alguna otra parte que sólo tú la sabes .
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