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Salió con su parecer , pues todos se atuvieron a él : que , en el arte de la marinería , más sabe el más simple marinero que el mayor letrado del mundo . Dejaron sus herbosos lechos las damas y los varones sus duras piedras , y salieron a ver desde aquella cumbre la amenidad de la pequeña isla , que sólo podía bojar hasta doce millas ; pero tan llena de árboles frutíferos , tan fresca por muchas aguas , tan agradable por las hierbas verdes y tan olorosa por las flores , que , en un igual grado y a un mismo tiempo , podía satisfacer a todos cinco sentidos . Pocas horas se había entrado por el día cuando los dos venerables ermitaños llamaron a sus huéspedes , y , tendiendo dentro de la ermita verdes y secas espadañas , formaron sobre el suelo una agradable alfombra , quizá más vistosa que las que suelen adornar los palacios de los reyes . Luego tendieron sobre ella diversidad de frutas , así verdes como secas , y pan no tan reciente que no semejase bizcocho , coronando la mesa asimismo de vasos de corcho , con maestría labrados , de fríos y líquidos cristales llenos . El adorno , las frutas , las puras y limpias aguas , que , a pesar de la parda color de los corchos , mostraban su claridad , y la necesidad juntamente , obligó a todos , y aun les forzó , por mejor decir , a que alrededor de la mesa se sentasen . Hiciéronlo así , y , después de la tan breve como sabrosa comida , Arnaldo suplicó a Renato que les contase su historia y la causa que a la estrecheza de tan pobre vida le había conducido ; el cual , como era caballero , a quien es aneja siempre la cortesía , sin que segunda vez se lo pidiesen , desta manera comenzó el cuento de su verdadera historia : Capítulo XIX Cuenta Renato la ocasión que tuvo para irse a la isla de las Ermitas . — Cuando los trabajos pasados se cuentan en prosperidades presentes , suele ser mayor el gusto que se recibe en contarlos que fué el pesar que se recibió en sufrirlos . Esto no podré decir de los míos , pues no los cuento fuera de la borrasca sino en mitad de la tormenta . Nací en Francia ; engendráronme padres nobles , ricos y bien intencionados ; criéme en los ejercicios de caballero ; medí mis pensamientos con mi estado ; pero , con todo eso , me atreví a ponerles en la señora Eusebia , dama de la reina en Francia , a quien sólo con los ojos le di a entender que la adoraba , y ella , o ya descuidada o no advertida , ni con sus ojos ni con su lengua me dió a entender que me entendía . Y aunque el disfavor y los desdenes suelen matar al amor en sus principios , faltándole el arrimo de la esperanza , con quien suele crecer , en mí fué al contrario , porque del silencio de Eusebia tomaba alas mi esperanza con que subir hasta el cielo de merecerla .
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