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Capítulo V Apenas hubieron puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que guían al valle , que forman y cierran las altísimas sierras de Guadalupe , cuando , con cada paso que daban , hacían en sus corazones nuevas ocasiones de admirarse ; pero allí llegó la admiración a su punto cuando vieron el grande y suntuoso monasterio , cuyas murallas encierran la santísima imagen de la emperadora de los cielos ; la santísima imagen , otra vez , que es libertad de los cautivos , lima de sus hierros y alivio de sus pasiones ; la santísima imagen que es salud de las enfermedades , consuelo de los afligidos , madre de los huérfanos y reparo de las desgracias . Entraron en su templo , y , donde pensaron hallar por sus paredes , pendientes por adorno , las púrpuras de Tiro , los damascos de Siria , los brocados de Milán , hallaron en lugar suyo muletas que dejaron los cojos , ojos de cera que dejaron los ciegos , brazos que colgaron los mancos , mortajas de que se desnudaron los muertos , todos después de haber caído en el suelo de las miserias , ya vivos , ya sanos , ya libres y ya contentos , merced a la larga misericordia de la madre de las misericordias , que en aquel pequeño lugar hace campear a su benditísimo hijo con el escuadrón de sus infinitas misericordias . De tal manera hizo aprehensión estos milagrosos adornos en los corazones de los devotos peregrinos , que volvieron los ojos a todas las partes del templo , y les parecía ver venir por el aire volando los cautivos , envueltos en sus cadenas , a colgarlas de las santas murallas , y a los enfermos arrastrar las muletas , y a los muertos mortajas , buscando lugar donde ponerlas , porque ya en el sacro templo no cabían : tan grande es la suma que las paredes ocupan . Esta novedad , no vista hasta entonces de Periandro ni de Auristela , ni menos de Ricla , de Constanza ni de Antonio , los tenía como asombrados , y no se hartaban de mirar lo que veían , ni de admirar lo que imaginaban ; y así , con devotas y cristianas muestras , hincados de rodillas , se pusieron a adorar a Dios sacramentado , y a suplicar a su Santísima Madre que , en crédito y honra de aquella imagen , fuese servida de mirar por ellos . Pero lo que más es de ponderar , fué que , puesta de hinojos , y las manos puestas junto al pecho , la hermosa Feliciana de la Voz , lloviendo tiernas lágrimas , con sosegado semblante , sin mover los labios ni hacer otra demostración ni movimiento que diese señal de ser viva criatura , soltó la voz a los vientos y levantó el corazón al cielo , y cantó unos versos que ella sabía de memoria , los cuales dió después por escrito , con que suspendió los sentidos de cuantos la escuchaban , y acreditó las alabanzas que ella misma de su voz había dicho , y satisfizo de todo en todo los deseos que sus peregrinos tenían de escucharla . Cuatro estancias había cantado , cuando entraron por la puerta del templo unos forasteros , a quien la devoción y la costumbre puso luego de rodillas , y la voz de Feliciana , que todavía cantaba , puso también en admiración ; y uno de ellos , que de anciana edad parecía , volviéndose a otro que estaba a su lado , díjole :
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