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Capítulo XVIII En esto estaban , cuando entró por la puerta del mesón un hombre , cuya larga y blanca barba más de ochenta años le daba de edad ; venía vestido ni como peregrino ni como religioso , puesto que lo uno y lo otro parecía ; traía la cabeza descubierta , rasa y calva en el medio , y por los lados , luengas y blanquísimas canas le pendían ; sustentaba el agobiado cuerpo sobre un retorcido cayado , que de báculo le servía . En efeto : todo él y todas las partes representaban un venerable anciano , digno de todo respeto , al cual apenas hubo visto la dueña del mesón , cuando , hincándose ante él de rodillas , le dijo : — Contaré yo este día , padre Soldino , entre los venturosos de mi vida , pues he merecido verte en mi casa : que nunca vienes a ella sino para bien mío . Y volviéndose a los circunstantes , prosiguió diciendo : — Este montón de nieve , y esta estatua de mármol blanco que se mueve , que aquí veis , es la del famoso Soldino , cuya fama , no sólo en Francia , sino en todas partes de la tierra , se extiende . — No me alabéis , buena señora — respondió el anciano — , que tal vez la buena fama se engendra de la mala mentira ; no la entrada , sino la salida , hace a los hombres venturosos ; la virtud que tiene por remate el vicio , no es virtud , sino vicio . Pero , con todo esto , quiero acreditarme con vos en la opinión que de mí tenéis . Mirad hoy por vuestra casa , porque , destas bodas y destos regocijos que en ella se preparan , se ha de engendrar un fuego que casi toda la consuma . A lo que dijo Croriano , hablando con Ruperta , su esposa : — Este , sin duda , debe de ser mágico o adivino , pues predice lo por venir . Entreoyó esta razón el anciano , y respondió : — No soy mago ni adivino , sino judiciario , cuya ciencia , si bien se sabe , casi enseña a adivinar . Creedme , señores , por esta vez siquiera , y dejad esta estancia , y vamos a la mía , que en una cercana selva que hay aquí , os dará , si no tan capaz , más seguro alojamiento . Apenas hubo dicho esto , cuando entró Bartolomé , criado de Antonio , y dijo a voces : — Señores , las cocinas se abrasan , porque , en la infinita leña que junto a ellas estaba , se ha encendido tal fuego , que muestra no poder apagarle todas las aguas del mar . Tras esta voz acudieron las de otros criados , y comenzaron a acreditarlas los estallidos del fuego . La verdad tan manifiesta acreditó las palabras de Soldino ; y , asiendo en brazos Periandro a Auristela , sin querer ir primero a averiguar si el fuego se podía atajar o no , dijo a Soldino : . — Señor , guíanos a tu estancia , que el peligro désta ya está manifiesto . Lo mismo hizo Antonio con su hermana Constanza y con Feliz Flora , la dama francesa , a quien siguieron Deleasir y Belarminia , y la moza arrepentida de Talavera se asió del cinto de Bartolomé , y él del cabestro de su bagaje , y todos juntos , con los desposados y con la huéspeda , que conocía bien las adivinanzas de Soldino , le siguieron , aunque con tardo paso los guiaba . La demás gente del mesón , que no habían estado presentes a las razones de Soldino , quedaron ocupados en matar el fuego ; pero presto su furor les dió a entender que trabajaban en vano , ardiendo la casa todo aquel día ; que , a cogerles el fuego de noche , fuera milagro escapar alguno que contara su furia . Llegaron , en fin , a la selva , donde hallaron una ermita no muy grande , dentro de la cual vieron una puerta que parecía serlo de una cueva escura . Antes de entrar en la ermita , dijo Soldino a todos los que le habían seguido :
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