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Capítulo XIX Aderezóse la pobre más que limpia comida , aunque fué muy limpia cosa , no muy nueva para los cuatro peregrinos , que se acordaron entonces de la isla bárbara y de la de las Ermitas , donde quedó Rutilio , y adonde ellos comieron de los ya sazonados , y ya no , frutos de los árboles ; también se les vino a la memoria la profecía falsa de los isleños , y las muchas de Mauricio , con las moriscas del jadraque , y , últimamente , las del español Soldino . Parecíales que andaban rodeados de adivinanzas , y metidos hasta el alma en la judiciaria astrología , que , a no ser acreditada con la experiencia , con dificultad le dieran crédito . Acabóse la breve comida ; salió Soldino , con todos los que con él estaban , al camino para despedirse dellos , y en él echaron menos a la moza castellana y a Bartolomé el del bagaje , cuya falta no dió poca pesadumbre a los cuatro , porque les faltaba el dinero y la repostería . Mostró congojarse Antonio , y quiso adelantarse a buscarle , porque bien se imaginó que la moza le llevaba , o él llevaba a la moza , o , por mejor decir , el uno se llevaba al otro ; pero Soldino le dijo que no tuviese pena , ni se moviese a buscarlos , porque otro día volvería su criado arrepentido del hurto , y entregaría cuanto había llevado . Creyeron , y así no curó Antonio de buscarle ; y más , que Feliz Flora ofreció a Antonio de prestarle cuanto hubiese menester para su gusto y el de sus compañeros desde allí a Roma , a cuya liberal oferta se mostró Antonio agradecido lo posible , y aun se ofreció de darle prensa que cupiese en el puño , y en el valor pasase de cincuenta mil ducados ; y esto fué pensando de darle una de las dos perlas de Auristela , que con la cruz de diamantes , guardadas siempre consigo las traía . No se atrevió Feliz Flora a creer la cantidad del valor de la prenda ; pero atrevióse a volver a hacer el ofrecimiento hecho . Estando en esto , vieron venir por el camino , y pasar por delante dellos , hasta ocho personas a caballo , entre las cuales iba una mujer sentada en un rico sillón , y sobre una mula , vestida de camino , toda de verde , hasta el sombrero , que con ricas y varias plumas azotaba el aire , con un antifaz , asimismo verde , cubierto el rostro . Pasaron por delante dellos , y con bajar las cabezas , sin hablar palabra alguna , los saludaron , y pasaron de largo ; los del camino tampoco hablaron palabra , y al mismo modo los saludaron . Quedábase atrás uno de los de la compañía , y llegándose a ellos , pidió por cortesía un poco de agua ; diéronsela , y preguntáronle qué gente era la que iba allí delante , y qué dama la de lo verde , a lo que el caminante respondió :
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