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Cesó esta plática ; estuvieron cuatro días en Milán , en los cuales comenzaron a ver sus grandezas , porque acabarlas de ver no dieran tiempo cuatro años ; partiéronse de allí , y llegaron a Luca , ciudad pequeña , pero hermosa y libre , que , debajo de las alas del Imperio y de España , se descuella , y mira exenta a las ciudades de los príncipes que la desean ; allí , mejor que en otra parte ninguna , son bien vistos y recebidos los españoles , y es la causa que en ella no mandan ellos , sino ruegan , y como en ella no hacen estancia de más de un día , no dan lugar a mostrar su condición , tenida por arrogante . Aquí aconteció a nuestros pasajeros una de las más extrañas aventuras que se han contado en todo el discurso de este libro . Capítulo XX Las posadas de Luca son capaces para alojar una compañía de soldados , en una de las cuales se alojó nuestro escuadrón , siendo guiado de las guardas de las puertas de la ciudad , que se los entregaron al huésped por cuenta , porque a la mañana , o cuando se partiesen , la había de dar dellos . Al entrar , vió la señora Ruperta que salía un médico , que tal le pareció en el traje , diciendo a la huéspeda de la casa , que también le pareció no podía ser otra : — Yo , señora , no me acabo de desengañar si esta doncella está loca o endemoniada , y , por no errar , digo que está endemoniada y loca ; y , con todo eso , tengo esperanza de su salud , si es que su tío no se da priesa a partirse . — ¡ Ay Jesús ! — dijo Ruperta — . ¿ Y en casa de endemoniados y locos nos apeamos ? En verdad , en verdad , que si se toma mi parecer , no hemos de poner los pies dentro . A lo que dijo la huéspeda . — Sin escrúpulo puede vuesa señoría — que éste es el merced de Italia — apearse , porque de cien leguas se podía venir a ver lo que está en esta posada . Apeáronse todos , y Auristela y Constanza , que habían oído las razones de la huéspeda , le preguntaron qué había en aquella posada , que tanto encarecía el verla . — Véngase conmigo — respondió la huéspeda — y verán lo que verán y dirán lo que yo digo . Guió , y siguiéronla , donde vieron echada en un lecho dorado a una hermosísima muchacha , de edad , al parecer , de diez y seis o diez y siete años ; tenía los brazos aspados y atados con unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho , como que le querían estorbar el moverlos a ninguna parte ; dos mujeres , que debían de servirla de enfermeras , andaban buscándole las piernas para atárselas también , a lo que la enferma dijo : — Basta que se me aten los brazos ; que todo lo demás , las ataduras de mi honestidad lo tiene ligado . Y , volviéndose a las peregrinas , con levantada voz , dijo :
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