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Libro cuarto de los trabajos de Persiles y Sigismunda historia setentrional Capítulo primero Disputóse entre nuestra peregrina escuadra no una , sino muchas veces , si el casamiento de Isabela Castrucha , con tantas máquinas fabricado , podía ser valedero , a lo que Periandro muchas veces dijo que sí ; cuanto más , que no les tocaba a ellos la averiguación de aquel caso . Pero lo que a él le había desconcertado era la junta del bautismo , casamiento y la sepultura , y la ignorancia del médico , que no atinó con la traza de Isabela ni con el peligro de su tío . Unas veces trataban en esto , y otras , en referir los peligros que por ellos habían pasado . Andaban Croriano y Ruperta , su esposa , atentísimos inquiriendo quién fuesen Periandro y Auristela , Antonio y Constanza , lo que no hacían por saber quién fuesen las tres damas francesas , que , desde el punto que las vieron , fueron dellos conocidas . Con esto , a más que medianas jornadas llegaron a Acquapendente , lugar cercano a Roma , a la entrada de la cual villa , adelantándose un poco Periandro y Auristela de los demás , sin temor que nadie los escuchase ni oyese , Periandro habló a Auristela desta manera : — Bien sabes , ¡ oh señora ! , que las causas que nos movieron a salir de nuestra patria y a dejar nuestro regalo fueron tan justas como necesarias . Ya los aires de Roma nos dan en el rostro , ya las esperanzas que nos sustentan nos bullen en las almas ; ya , ya hago cuenta que me veo en la dulce posesión esperada . Mira , señora , que será bien que des una vuelta a tus pensamientos , y escudriñando tu voluntad , mires si estás en la entereza primera , o si lo estarás después de haber cumplido tu voto , de lo que yo no dudo , porque tu real sangre no se engendró entre promesas mentirosas ni entre dobladas trazas . De mí te sé decir , ¡ oh hermosa Sigismunda ! , que este Periandro que aquí ves es el Persiles que en la casa del rey , mi padre , viste ; aquél , digo , que te dió palabra de ser tu esposo en los alcáceres de su padre , y te la cumplirá en los desiertos de Libia , si allí la contraria fortuna nos llevase . Ibale mirando Auristela atentísimamente , maravillada de que Periandro dudase de su fe , y así le dijo : — Sola una voluntad , ¡ oh Persiles ! , he tenido en toda mi vida , y ésa habrá dos años que te le entregué , no forzada , sino de mi libre albedrío ; la cual tan entera y firme está agora , como el primer día que te hice señor della ; la cual , si es posible que se aumente , se ha aumentado y crecido entre los muchos trabajos que hemos pasado . De que tú estés firme en la tuya , me mostraré tan agradecida , que , cumpliendo mi voto , haré que se vuelvan en posesión tus esperanzas . Pero dime : ¿ qué haremos después que una misma coyunda nos ate y un mismo yugo oprima nuestros cuellos ? Lejos nos hallamos de nuestras tierras , no conocidos de nadie en las ajenas , sin arrimo que sustente la yedra de nuestras incomodidades .
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