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Capítulo VII Cuatro millas , poco más o menos , habrían navegado las cuatro barcas , cuando descubrieron una poderosa nave que , con todas las velas tendidas y viento en popa , parecía que venía a embestirlos . Periandro dijo , habiéndola visto : — Sin duda , este navío debe de ser el de Arnaldo , que vuelve a saber de mi suceso , y tuviéralo yo por muy bueno agora no verle . Había ya contado Periandro a Auristela todo lo que con Arnaldo le había pasado y lo que entre los dos dejaron concertado . Turbóse Auristela , que no quisiera volver al poder de Arnaldo , de quien había dicho , aunque breve y sucintamente , lo que en un año que estuvo en su poder le había acontecido . No quisiera ver juntos a los dos amantes , que , puesto que Arnaldo estaría seguro con el fingido hermanazgo suyo y de Periandro , todavía el temor de que podía ser descubierto el parentesco la fatigaba , y más que ¿ quién le quitaría a Periandro no estar celoso viendo a los ojos tan poderoso contrario ? Que no hay discreción que valga ni amorosa fe que asegure al enamorado pecho cuando , por su desventura , entran en él celosas sospechas . Pero de todas éstas le aseguró el viento , que volvió en un instante el soplo que daba de lleno y en popa a las velas en contrario , de modo que a vista suya , y en un momento breve , dejó la nave derribar las velas de alto a bajo , y en otro instante casi invisible las izaron y levantaron hasta las gavias , y la nave comenzó a correr en popa por el contrario rumbo que venía , alongándose de las barcas con toda priesa . Respiró Auristela , cobró nuevo aliento Periandro ; pero los demás que en las barcas iban quisieran mudarlas , entrándose en la nave , que , por su grandeza , más seguridad de las vidas y más felice viaje pudiera prometerles . En menos de dos horas se les encubrió la nave , a quien quisieran seguir si pudieran ; mas no les fué posible , ni pudieron hacer otra cosa que encaminarse a una isla cuyas altas montañas , cubiertas de nieve , hacían parecer que estaban cerca , distando de allí más de seis leguas . Cerraba la noche , algo escura ; picaba el viento largo y en popa , que fué alivio a los brazos , que , volviendo a tomar los remos , se dieron priesa a tomar la isla . La media noche sería , según el tanteo que el bárbaro Antonio hizo del norte y de las guardas , cuando llegaron a ella , y por herir blandamente las aguas en la orilla , y ser la resaca de poca consideración , dieron con las barcas en tierra y a fuerza de brazos las vararon . Era la noche fría , de tal modo , que les obligó a buscar reparos para el hielo ; pero no hallaron ninguno . Ordenó Periandro que todas las mujeres se entrasen en la barca capitana , y apiñándose en ella , con la compañía y estrecheza , templasen el frío ; hízose así , y los hombres hicieron cuerpo de guarda a la barca , paseándose como centinelas de una parte a otra , esperando el día para descubrir en qué parte estaban , porque no pudieron saber por entonces si era o no despoblada la isla ; y como es cosa natural que los cuidados destierran el sueño , ninguno de aquella cuidadosa compañía pudo cerrar los ojos ; lo cual , visto por el bárbaro Antonio , dijo al bárbaro italiano que , para entretener el tiempo y no sentir tanto la pesadumbre de la mala noche , fuese servido de entretenerlos contándoles los sucesos de su vida , porque no podían dejar de ser peregrinos y raros , pues en tal traje y en tal lugar le habían puesto .
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