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Capítulo IX No se atrevió la enfermedad a acometer rostro a rostro a la belleza de Auristela , temerosa no espantase tanto la hermosura la fealdad suya ; y así , la acometió por las espaldas , dándole en ellas unos escalofríos , al amanecer , que no la dejaron levantar aquel día ; luego luego se le quitó la gana de comer , y comenzó la viveza de sus ojos a amortiguarse , y el desmayo que con el tiempo suele llegar a los enfermos sembró en un punto por todos los sentidos de Constanza , haciendo el mismo efeto en los de Periandro , que luego se alborotaron y temieron todos los males posibles , especialmente los que temen los poco venturosos . No había dos horas que estaba enferma , y ya se le parecían cárdenas las encamadas rosas de sus mejillas , verde el carmín de sus labios y topacios las perlas de sus dientes ; hasta los cabellos le pareció que habían mudado de color ; estrecháronse las manos , y casi mudado el asiento y encaje natural de su rostro . Y no por esto le parecía menos hermosa , porque no la miraba en el lecho que yacía , sino en el alma , donde la tenía retratada . Llegaban a su oídos , a lo menos llegaron de allí a dos días , sus palabras entre débiles acentos formadas y pronunciadas con turbada lengua . Asustáronse las señoras francesas , y el cuidado de atender a la salud de Auristela fué de tal modo , que tuvieron necesidad de tenerle de sí mismas . Llamáronse médicos , escogiéronse los mejores , a lo menos los de mejor fama : que la buena opinión califica la acertada medicina , y así suele haber médicos venturosos , como soldados bien afortunados ; la buena suerte y la buena dicha , que todo es uno , también puede llegar a la puerta del miserable en un saco de sayal , como en un escaparate de plata . Pero ni en plata ni en lana , no llegaba ninguna a las puertas de Auristela , de lo que discretamente se desesperaban los dos hermanos Antonio y Constanza . Esto era al revés en el duque , que , como el amor que tenía en el pecho se había engendrado de la hermosura de Auristela , así como la tal hermosura iba faltando en ella , iba en él faltando el amor , el cual muchas raíces ha de haber echado en el alma para tener fuerzas de llegar hasta el margen de la sepultura con la cosa amada . Feísima es la muerte , y quien más a ella se llega es la dolencia ; y amar las cosas feas parece cosa sobrenatural y digna de tenerse por milagro .
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