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Todos los circunstantes estaban atentos mirando el extraño y gozoso recibimiento . Sólo en el corazón de Pirro andaba la melancolía atenaceándole con tenazas , más ardiendo que si fueran de fuego ; y llegó a tanto extremo el dolor que sintió de ver engrandecido y honrado a Periandro , que , sin mirar lo que hacía , o quizá mirándolo muy bien , metió mano a su espada , y por entre los brazos de Serafido se la metió a Periandro por el hombro derecho , con tal furia y fuerza , que le salió la punta por el izquierdo , atravesándole , poco menos que al soslayo , de parte a parte . La primera que vió el golpe fué Hipólita , y la primera que gritó fué su voz , diciendo : — ¡ Ay traidor , enemigo mortal mío , y cómo has quitado la vida a quien no merecía perderla para siempre ! Abrió los brazos Serafido , soltóle Rutilio , calientes ya en su derramada sangre , y cayó Periandro en los de Auristela , la cual , faltándole la voz a la garganta , el aliento a los suspiros y las lágrimas a los ojos , se le cayó la cabeza sobre el pecho , y los brazos a una y otra parte . Este golpe , más mortal en la apariencia que en el efeto , suspendió los ánimos de los circunstantes , y les robó la color de los rostros , dibujándoles la muerte en ellos , que ya , por la falta de la sangre , a más andar se entraba por la vida de Periandro , cuya falta amenazaba a todos el último fin de sus días ; a lo menos , Auristela la tenía entre los dientes y la quería escupir de los labios . Serafido y Antonio arremetieron a Pirro , y , a despecho de su fiereza y fuerzas , le asieron , y , con gente que se llegó , le enviaron a la prisión , y el gobernador , de allí a cuatro días , le mandó llevar a la horca por incorregible y asasino , cuya muerte dió la vida a Hipólita , que vivió desde allí adelante . Capítulo XIV Es tan poca la seguridad con que se gozan los humanos gozos , que nadie se puede prometer en ellos un mínimo punto de firmeza . Auristela , arrepentida de haber declarado su pensamiento a Periandro , volvió a buscarle alegre , por pensar que en su mano y en su arrepentimiento estaba el volver a la parte que quisiese la voluntad de Periandro , porque se imaginaba ser ella el clavo de la rueda de su fortuna y la esfera del movimiento de sus deseos ; y no estaba engañada , pues ya los traía Periandro en disposición de no salir de los de Auristela . Pero ¡ mirad los engaños de la variable fortuna ! : Auristela , en tan pequeño instante como se ha visto , se vee otra de lo que antes era : pensaba reír y está llorando ; pensaba vivir , y ya se muere ; creía gozar de la vista de Periandro , y ofrécesele a los ojos la del príncipe Maximino , su hermano , que , con muchos coches y grande acompañamiento , entraba en Roma por aquel camino de Terrachina , y , llevándole la vista el escuadrón de gente que rodeaba al herido Periandro , llegó su coche a verlo , y salió a recebirle Serafino , diciéndole :
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