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Los Oro Casóse doña Elena Albarracín con don Miguel de Oro , hijo , según tradición de la familia , del capitán don José de Oro , que vino a la conquista después de terminadas las guerras del Gran Capitán en Italia . Llevóle en dote bienes de fortuna y el patronato de Santo Domingo , que se conserva aún entre sus descendientes ; y si dos generaciones no habían desmentido la reputación de sesudos que traía la sangre Albarracín , por la línea de don Miguel , vínoles a sus hijos una imaginación ardiente , caracteres osados , y tal actividad de espíritu de acción que hasta las mujeres de aquella casa se distinguen por cualidades notabilísimas en que el conato de la ambición y la sed de gloria corren parejas . Tenía don Miguel un hermano clérigo loco , está loca hoy una de sus hijas , monja , y el presbítero don José de Oro , mi maestro y mentor , tenía tales rarezas de carácter que , a veces por disculpar sus actos , se achacaba a la locura de familia las extravagancias de su juventud . Capellán del número 11 del ejército de los Andes , jinete como el primero , compañero de camorras y locuras del célebre Juan Apóstol Martínez , no estorbándole la sotana para llevar el uniforme de su batallón y sable largo de la época , tenía desenfado bastante para atravesar su caballo con una real moza en ancas , a la puerta de un baile , y desnudar su alfanje y chirlear al más pintado , si tenía la rara ocurrencia de hallárselo a mal . Compañeros suyos de francachela me han asegurado que había en esto más malicia y travesura que verdadero libertinaje . Lígase mi infancia a la casa de los Oro por todos los vínculos que constituyen al niño miembro adoptivo de una familia . Era mi madrina , y esposa de don Ignacio Sarmiento , mi tío , la matrona doña Paula , blanda de carácter como una paloma , grave y afectuosa a la par como una reina , y un tipo de la perfección de la madre de familia entre nosotros . Don José , el presbítero , llevóme de la escuela a su lado , enseñóme el latín , acompañéle en su destierro en San Luis , y tanto nos amábamos maestro y discípulo , tantos coloquios tuvimos , él hablando y escuchándolo yo con ahínco , que , a hacer de ellos uno solo , reputo que haría un discurso que necesitaría dos años para ser pronunciado .
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