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Me acerqué a la puerta y advertí que intentaba en vano levantarse , arrastrándose por el pavimento de ladrillos . — ¿ Conque no te puedes levantar , ladrón ? — oí exclamar a Paca , con feroz placer — . ¡ Pues ahora e la mía ! Y descalzándose apresuradamente un zapato y cogiéndolo por la punta comenzó a zurrarle la badana de lo lindo . Era increíble la prisa y la destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo , principalmente por la cara y las manos , que era donde más había de doler . Y al compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso : — ¡ Esta por la gofetá que me diste el sábado ! ¡ Esta otra también ! . . . ¡ Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune ! . . . ¡ Esta por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora ! ¡ Esta también ! . . . ¡ Y esta ! . . . ¡ Y esta ! . . . ¡ Esta por lechonaso ! . . . ¡ Esta por sinvergüensa ! Fierabrás se revolcaba en el suelo , lanzando rugidos , pataleando con furor . Hacía esfuerzos por levantarse . Pero cuando ya iba a conseguirlo , un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo . Intentaba agarrar a su mujer por los pies , mas esta brincaba con ligereza increíble y le atacaba por otro sitio con mayor brío , de suerte que el infeliz se vio necesitado a rendirse , dejando , sin resistencia , que su consorte le vapulease a su buen talante . — Vamos , Paca , déjele usted ya — le dije , interviniendo por humanidad . — Aguárdese usted un poquirritiyo . . . Todavía no me las ha pagao todas — respondió sin abandonar su cruel tarea . Al fin , cansada , jadeante , los brazos quebrantados , el rostro cubierto de sudor , se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira . — ¿ Sabuté ? — me dijo — . En estos días que viene desjarretao como un toro , me aprovecho . XII Paseo por el Guadalquivir . Demasiadamente confiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el día siguiente . Por la tarde , poco antes de oscurecer , me fui a situar al puente de Triana , donde Paca me había dicho que la esperase para darme cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones . Era la hora de más animación en aquel paraje . Los obreros y obreras de Triana que trabajaban en Sevilla tornan a sus casas . Los de Sevilla que trabajan en Triana y en la Cartuja hacen lo mismo . Unos y otros se encuentran en el puente , que hierve de transeúntes . Arrimeme perezosamente al petril , de espaldas al río , y contemplé con ojos distraídos aquel ir y venir mareante . El atractivo de mi contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y trabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse . Unas en grupos resonantes de gritos y risas , otras solitarias preocupadas , caminando a paso largo , todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello , pasaron por delante de mí , dirigiéndome alguna vez breves miradas de curiosidad y sorpresa , como si pensasen : « ¿ Qué hará aquí este desaborío , que ni siquiera nos dise : ¡ Olé las mujeres castisas ! ¡ Viva tu madre , mi niña ! ? »
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