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III Me enamoro de la hermana San Sulpicio . Dos días después , el señor Paco , yendo conmigo de paseo otra vez , me reveló la mitad de su secreto . Los alemanes no podían vencer porque tenía pensado ofrecer a la Francia un sistema de cañones que daba al traste con todos los inventos que hasta ahora se habían realizado en materia de artillería . Era un cañón el suyo extraordinario , mejor dicho , maravilloso ; un hombre lo podía subir a la montaña más alta . — No será de hierro . — No , señor . — ¿ De madera ? — Tampoco . — ¿ De papel ? — No , señor . Quedeme reflexionando un instante . — ¿ Y tiene el mismo calibre que los demás ? — Cuanto se quiera . — ¡ No comprendo ! . . . El señor Paco me miraba con sus grandes ojos inocentes , donde brillaba una sonrisa de triunfo . — No puedo decirle ahora , D . Ceferino , de qué está hecho ; pero no tardará usted en saberlo . . . Dentro de pocos días empezará a construirse el modelo en París . . . Ya verá usted , ya verá adónde llega mi nombre . . . Por supuesto que si Bismarck supiese lo que tiene encima , ya estaría ofreciéndome el dinero que quisiera . . . Pero yo no le vendo el secreto así me entierre en oro , ¿ está usted ? . . . Aunque sea de balde se lo doy yo al francés primero que al pruso . . . Cada hombre tiene su simpatía , ¡ vamos ! . . . Usted tiene más aquel por una persona , y le da la sangre del brazo , y a otro ni el agua . . . — Tiene usted mucha razón — repuse . — El asunto es tan serio y trascendental que los intereses particulares de una persona , siquiera sean los del mismo inventor , deben posponerse a los de tantos millones de seres . . . El inventor quiso conmoverse . — Sí , señor ; primero me quedo con él en el cuerpo que se lo dé al príncipe de Bismarck . . . y eso que mire usted , D . Ceferino , yo no tengo motivo para estar agradecido de los franceses . Aquí ha venido uno hace dos años , un monsieur Lefebre , que me ha quedado a deber quince días de pupilaje . — Doblemente le honra a usted esa generosidad . Se enterneció el señor Paco , y si hubiera insistido un poco , tengo la seguridad de que llegaría a revelarme la primera materia de su famoso cañón ; pero tenía yo prisa en aquel momento y no abusé de su blandura . Las monjas , como me había dicho el patrón , ocupaban dos habitaciones no lejos de la mía . En una de ellas dormía la madre y en la otra las hermanas San Sulpicio y María de la Luz . No bajaban a comer en la mesa redonda , sino que lo hacían en su cuarto . Lo mismo los suyos que el mío , tenían la salida a un corredor abierto que daba sobre el patio .
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