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V A Sevilla . Grande fue la tristeza y desconsuelo que sentí al tener noticia de la marcha precipitada , o más bien fuga , de las monjas . Bien imaginé que debió de ser causada por la indiscreción y necedad de D . Nemesio , a quien dediqué desde entonces en mi pecho tanto odio por lo menos como debía de profesarle el juez catalán que con nosotros había viajado . Nunca más quise jugar al billar con él ; y eso que llegó a ofrecerme el mísero cuatro rayas . ¡ Cuatro rayas a mi , que , dando un trallazo , me salen palos por todos lados ! En cambio , me sentí más inclinado desde entonces al malagueño , o para hablar más propiamente , me fue menos antipático . Después de todo , si a él le gustaba también la hermana , nuestra desgracia era común . Verdad es que la soportaba con más filosofía . Cuando supo la ocurrencia de D . Nemesio , rió largamente y la glosó con muchos y sabrosos comentarios ; pero no volvió a acordarse de las monjas . Si yo le sacaba la conversación me respondía en un tono tan frívolo y aun se corría a veces a tan libres y groseras frases que me herían . Debo confesar que allá , en el fondo , el disgusto se mezclaba con la satisfacción de advertir que la graciosa hermana sólo pasajeramente había impresionado su corazón . Pasaron los días , y llegó el de mi marcha . El malagueño se había ido el anterior para su tierra . Yo , en vez de irme a Madrid , tomé el tren de Sevilla . Porque es bien que sepan ustedes que desde el instante mismo en que tuve conocimiento de la huida de las monjas concebí el proyecto y aun formé propósito de ir a esta ciudad en cuanto pudiese hacerlo sin ser advertido . No lo comuniqué absolutamente con nadie , mucho menos , por supuesto , con Suárez ; antes procuraba mañosamente despistarle hablándole de mis quehaceres en Madrid y la necesidad que sentía de terminarlos pronto para restituirme a mi país , donde mi padre reclamaba mi presencia inmediata para otros asuntos urgentes . En fin , que en cuanto llevase los quince días justos de aguas iba a Andújar a tomar el expreso de Madrid para llegar más pronto . Tuve la suerte de que él se fuese primero , y así lo hice a mi salvo . Cuando el tren arrancó y me vi caminando a gran velocidad hacia el Mediodía , experimenté viva y dulce agitación ; sacudió mi cuerpo un estremecimiento deleitoso . Siempre que camino con rapidez en cualquier vehículo me sucede algo semejante . El movimiento me embriaga y me comunica instantáneamente la sensación de la fuerza y el triunfo . Por eso he pensado muchas veces que los carros de los héroes griegos , arrastrados por veloces corceles , debían contribuir no poco a aumentar su esfuerzo y coraje en las batallas . Pues a esta sensación perturbadora añadíase al presente una inquietud vaga , no exenta de voluptuosidad , que me apretaba la garganta y me producía un cosquilleo grato .
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