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— Mi prima Tula es muy rara . . . Aquí ésta la conoce bien . . . ¿ Verdad , Etelvina ? — Sí , la conozco bien — respondió la vieja con voz lúgubre , que semejaba la de un aparecido . — Como se han criado juntas , ¿ verdad ? — Sí , nos hemos criado juntas — volvió a responder el aparecido . — ¿ Cuándo os habéis separado ? — Nos separamos hace treinta años . — Y es muy rara , ¿ no es cierto ? — Muy rara . Pormenores de las rarezas de su prima no fue posible sacárselos . Confirmaba los que el conde relataba , con un movimiento de cabeza . Cuando nos levantamos de la mesa , yo me apresuré a despedirme por no molestar . Isabel aprovechó el momento para rogar a su padre que fuese aquella noche con ella al teatro . El conde respondió , mientras encendía un cigarro : — No puede ser : ya sabes que no me gusta la ópera . — Vamos , papaíto ; esta noche solamente — repitió la joven con mimo , besándole la mano que tenía cogida . — No puede ser ; me aburro y me duermo . ¿ Por qué no vas con las de Enríquez ? — Pues por eso precisamente . He ido convidada una porción de veces , y me da vergüenza no llevarlas alguna vez . — Manda por un palco , y llévalas . — Bien sabes que eso no puede ser , papá . Parecería muy feo que tú no fueses autorizándome . — Pues , hija , lo siento . . . pero yo no voy . — ¡ Parece mentira que me niegues este favor ! Si te lo pidiese todos los días , se comprende . . . ¡ Pero una noche tan sólo ! Bien podías hacer el sacrificio de dejar a tus amigos . . . — profirió la joven con voz alterada , pugnando por no llorar . El conde volvió los ojos hacia ella , y le dirigió una mirada larga y dura sin decir palabra . Isabel bajó los suyos con temor , y por debajo de las negras pestañas asomó temblando una lágrima . Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto . Pareciome que el conde era un padre muy tierno sólo mientras no se tocase a sus gustos y placeres . VIII Con perdón de ustedes , pelo la pava . Comenzaba el calor a dejarse sentir . Estábamos a mediados de Junio . El sol , desde las cinco de la mañana , envolvía a la ínclita ciudad en una caricia viva y prolongada hasta las siete de la tarde , enmedio de un cielo puro y flamígero . La angostura y tortuosidad de las calles no nos preservaba enteramente de sus ardores . Por aquellas estrechas ranuras entraba su luz como una llamarada , como un latigazo de fuego que encendía el rostro y caldeaba la cabeza . Había llegado a cogerle miedo a este gran sol feroz de Andalucía , y salía poco de casa . — Diga usted , Matildita , ¿ hace más calor que éste en Sevilla ? — ¡ Anda ! ¡ Pues , hijo mío , si ahora está haciendo fresquito ! ¿ No ve usted qué noches más hermosas ? En efecto , el calor por la noche cedía bastante . Pero yo , acostumbrado a la temperatura primaveral de mi país durante el estío , lo sentía ya abrumador . Se me erizaban los pelos , y eso que los tenía bien mojados por el sudor , ante la perspectiva de las noches que me anunciaban .
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