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La historia de España no se puede entender sin la presencia de las tres culturas que convivieron en la península durante siglos: la cristiana, la musulmana y la judía. De esta última, el legado sefardí constituye una de las partes más emotivas y resistentes de la identidad española. Sefarad es el nombre que los judíos daban a la península ibérica, y aunque fueron expulsados en mil cuatrocientos noventa y dos, su lengua, sus costumbres y su amor por la tierra que dejaron atrás han sobrevivido en la diáspora durante más de quinientos años, regresando hoy a España como un reencuentro histórico necesario.
La expulsión de los judíos fue una herida profunda en el tejido social de la época. Miles de personas tuvieron que abandonar sus hogares, llevándose consigo las llaves de sus casas en ciudades como Toledo, Segovia o Córdoba, como símbolo de una esperanza de retorno que pasaría de generación en generación.