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El asistente que compiló demasiado pronto
Daniel le pidió a un asistente de programación una pantalla pequeña para apuntar los gastos de casa. En unos minutos tenía botones, una lista y una base de datos con datos de prueba. Pulsó guardar, el número apareció, y durante un momento el programa pareció terminado.
La duda llegó al leer el cambio, no al usar la pantalla. Una función guardaba el importe como texto, sin mirar el signo. Otra, si la red fallaba, repetía la petición y no preguntaba si ese gasto ya estaba dentro. Con dos pulsaciones lentas, el mismo café podía entrar tres veces. Las pruebas, escritas también por el asistente, comprobaban que el botón devolvía un éxito. No comprobaban el café.
Daniel pidió una explicación. La respuesta sonaba ordenada y servía para casi cualquier programa: no nombraba su casa, ni