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Capítulo XX . De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo , como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha — No es posible , señor mío , sino que estas yerbas dan testimonio de que por aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece ; y así , será bien que vamos un poco más adelante , que ya toparemos donde podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga , que , sin duda , causa mayor pena que la hambre . Parecióle bien el consejo a don Quijote , y , tomando de la rienda a Rocinante , y Sancho del cabestro a su asno , después de haber puesto sobre él los relieves que de la cena quedaron , comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento , porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna ; mas , no hubieron andado docientos pasos , cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua , como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba . Alegróles el ruido en gran manera , y , parándose a escuchar hacia qué parte sonaba , oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua , especialmente a Sancho , que naturalmente era medroso y de poco ánimo . Digo que oyeron que daban unos golpes a compás , con un cierto crujir de hierros y cadenas , que , acompañados del furioso estruendo del agua , que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote . Era la noche , como se ha dicho , escura , y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos , cuyas hojas , movidas del blando viento , hacían un temeroso y manso ruido ; de manera que la soledad , el sitio , la escuridad , el ruido del agua con el susurro de las hojas , todo causaba horror y espanto , y más cuando vieron que ni los golpes cesaban , ni el viento dormía , ni la mañana llegaba ; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde se hallaban . Pero don Quijote , acompañado de su intrépido corazón , saltó sobre Rocinante , y , embrazando su rodela , terció su lanzón y dijo : — Sancho amigo , has de saber que yo nací , por querer del cielo , en esta nuestra edad de hierro , para resucitar en ella la de oro , o la dorada , como suele llamarse . Yo soy aquél para quien están guardados los peligros , las grandes hazañas , los valerosos hechos . Yo soy , digo otra vez , quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda , los Doce de Francia y los Nueve de la Fama , y el que ha de poner en olvido los Platires , los Tablantes , Olivantes y Tirantes , los Febos y Belianises , con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo , haciendo en este en que me hallo tales grandezas , estrañezas y fechos de armas , que escurezcan las más claras que ellos ficieron .
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