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Un necio e impertinente deseo me quitó la vida . Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oídos de Camila , sepa que yo la perdono , porque no estaba ella obligada a hacer milagros , ni yo tenía necesidad de querer que ella los hiciese ; y , pues yo fui el fabricador de mi deshonra , no hay para qué . . . » Hasta aquí escribió Anselmo , por donde se echó de ver que en aquel punto , sin poder acabar la razón , se le acabó la vida . Otro día dio aviso su amigo a los parientes de Anselmo de su muerte , los cuales ya sabían su desgracia , y el monesterio donde Camila estaba , casi en el término de acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje , no por las nuevas del muerto esposo , mas por las que supo del ausente amigo . Dícese que , aunque se vio viuda , no quiso salir del monesterio , ni , menos , hacer profesión de monja , hasta que , no de allí a muchos días , le vinieron nuevas que Lotario había muerto en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles , donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo ; lo cual sabido por Camila , hizo profesión , y acabó en breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías . Éste fue el fin que tuvieron todos , nacido de un tan desatinado principio . » — Bien — dijo el cura — me parece esta novela , pero no me puedo persuadir que esto sea verdad ; y si es fingido , fingió mal el autor , porque no se puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo . Si este caso se pusiera entre un galán y una dama , pudiérase llevar , pero entre marido y mujer , algo tiene del imposible ; y , en lo que toca al modo de contarle , no me descontenta . Capítulo XXXVI . Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto , con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron Estando en esto , el ventero , que estaba a la puerta de la venta , dijo : — Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes : si ellos paran aquí , gaudeamus tenemos . — ¿ Qué gente es ? — dijo Cardenio . — Cuatro hombres — respondió el ventero — vienen a caballo , a la jineta , con lanzas y adargas , y todos con antifaces negros ; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco , en un sillón , ansimesmo cubierto el rostro , y otros dos mozos de a pie . — ¿ Vienen muy cerca ? — preguntó el cura . — Tan cerca — respondió el ventero — , que ya llegan . Oyendo esto Dorotea , se cubrió el rostro , y Cardenio se entró en el aposento de don Quijote ; y casi no habían tenido lugar para esto , cuando entraron en la venta todos los que el ventero había dicho ; y , apeándose los cuatro de a caballo , que de muy gentil talle y disposición eran , fueron a apear a la mujer que en el sillón venía ; y , tomándola uno dellos en sus brazos , la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde Cardenio se había escondido . En todo este tiempo , ni ella ni ellos se habían quitado los antifaces , ni hablado palabra alguna ; sólo que , al sentarse la mujer en la silla , dio un profundo suspiro y dejó caer los brazos , como persona enferma y desmayada . Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza .
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