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— Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes , y sé que es más versado en desdichas que en versos . Su libro tiene algo de buena invención ; propone algo , y no concluye nada : es menester esperar la segunda parte que promete ; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega ; y , entre tanto que esto se ve , tenedle recluso en vuestra posada , señor compadre . — Que me place — respondió el barbero — . Y aquí vienen tres , todos juntos : La Araucana , de don Alonso de Ercilla ; La Austríada , de Juan Rufo , jurado de Córdoba , y El Monserrato , de Cristóbal de Virués , poeta valenciano . — Todos esos tres libros — dijo el cura — son los mejores que , en verso heroico , en lengua castellana están escritos , y pueden competir con los más famosos de Italia : guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España . Cansóse el cura de ver más libros ; y así , a carga cerrada , quiso que todos los demás se quemasen ; pero ya tenía abierto uno el barbero , que se llamaba Las lágrimas de Angélica . — Lloráralas yo — dijo el cura en oyendo el nombre — si tal libro hubiera mandado quemar ; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo , no sólo de España , y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio . Capítulo VII . De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha Estando en esto , comenzó a dar voces don Quijote , diciendo : — Aquí , aquí , valerosos caballeros ; aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos , que los cortesanos llevan lo mejor del torneo . Por acudir a este ruido y estruendo , no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban ; y así , se cree que fueron al fuego , sin ser vistos ni oídos , La Carolea y León de España , con Los Hechos del Emperador , compuestos por don Luis de Ávila , que , sin duda , debían de estar entre los que quedaban ; y quizá , si el cura los viera , no pasaran por tan rigurosa sentencia . Cuando llegaron a don Quijote , ya él estaba levantado de la cama , y proseguía en sus voces y en sus desatinos , dando cuchilladas y reveses a todas partes , estando tan despierto como si nunca hubiera dormido . Abrazáronse con él , y por fuerza le volvieron al lecho ; y , después que hubo sosegado un poco , volviéndose a hablar con el cura , le dijo : — Por cierto , señor arzobispo Turpín , que es gran mengua de los que nos llamamos doce Pares dejar , tan sin más ni más , llevar la vitoria deste torneo a los caballeros cortesanos , habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días antecedentes . — Calle vuestra merced , señor compadre — dijo el cura — , que Dios será servido que la suerte se mude , y que lo que hoy se pierde se gane mañana ; y atienda vuestra merced a su salud por agora , que me parece que debe de estar demasiadamente cansado , si ya no es que está malferido .
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