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Y pasó el carro adelante , sin hablar más palabra . Tras éste pasó otro carro de la misma manera , con otro viejo entronizado ; el cual , haciendo que el carro se detuviese , con voz no menos grave que el otro , dijo : — Yo soy el sabio Alquife , el grande amigo de Urganda la Desconocida . Y pasó adelante . Luego , por el mismo continente , llegó otro carro ; pero el que venía sentado en el trono no era viejo como los demás , sino hombrón robusto y de mala catadura , el cual , al llegar , levantándose en pie , como los otros , dijo con voz más ronca y más endiablada : — Yo soy Arcaláus el encantador , enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su parentela . Y pasó adelante . Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros , y cesó el enfadoso ruido de sus ruedas , y luego se oyó otro , no ruido , sino un son de una suave y concertada música formado , con que Sancho se alegró , y lo tuvo a buena señal ; y así , dijo a la duquesa , de quien un punto ni un paso se apartaba : — Señora , donde hay música no puede haber cosa mala . — Tampoco donde hay luces y claridad — respondió la duquesa . A lo que replicó Sancho : — Luz da el fuego y claridad las hogueras , como lo vemos en las que nos cercan , y bien podría ser que nos abrasasen , pero la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas . — Ello dirá — dijo don Quijote , que todo lo escuchaba . Y dijo bien , como se muestra en el capítulo siguiente . Capítulo XXXV . Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea , con otros admirables sucesos Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas , encubertadas , empero , de lienzo blanco , y sobre cada una venía un diciplinante de luz , asimesmo vestido de blanco , con una hacha de cera grande encendida en la mano . Era el carro dos veces , y aun tres , mayor que los pasados , y los lados , y encima dél , ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve , todos con sus hachas encendidas , vista que admiraba y espantaba juntamente ; y en un levantado trono venía sentada una ninfa , vestida de mil velos de tela de plata , brillando por todos ellos infinitas hojas de argentería de oro , que la hacían , si no rica , a lo menos vistosamente vestida . Traía el rostro cubierto con un transparente y delicado cendal , de modo que , sin impedirlo sus lizos , por entre ellos se descubría un hermosísimo rostro de doncella , y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los años , que , al parecer , no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete .
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