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— ¡ Qué cosas se te ocurren , chiquilla ! — Y ahora — añadió levantándose y apartándole con la mano suya — , quietecito y a tomar el fresco , ¡ que buena falta te hace ! — ¡ Eugenia ! ¡ Eugenia ! — le suspiró con voz seca , casi febril , al oído — , si tú quisieras . . . — El que tiene que aprender a querer eres tú , Mauricio . Conque . . . ¡ a ser hombre ! Busca trabajo , decídete pronto ; si no , trabajaré yo ; pero decídete pronto . En otro caso . . . — En otro caso , ¿ qué ? — ¡ Nada ! ¡ Hay que acabar con esto ! Y sin dejarle replicar se salió del cuchitril de la portería . Al cruzar con la portera le dijo : — Ahí queda su sobrino , señora Marta , y dígale que se resuelva de una vez . Y salió Eugenia con la cabeza alta a la calle , donde en aquel momento un organillo de manubrio encentaba una rabiosa polca . « ¡ Horror ! ¡ horror ! ¡ horror ! » , se dijo la muchacha , y más que se fué huyó calle abajo . X Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Casino , a ver a Víctor , su amigote , al día siguiente de aquella su visita a casa de Eugenia y a la misma hora en que ésta espoleaba la pachorra amorosa de su novio en la portería . Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la revelación en ella de la mujer fuerte — fluía de sus ojos fortaleza — le hubiera arado las entrañas del alma , alumbrando en ellas un manantial hasta entonces oculto . Pisaba con más fuerza , respiraba con más libertad . « Ya tengo un objetivo , una finalidad en esta vida — se decía — , y es conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste . Y es lo mismo . En amor lo mismo da vencer que ser vencido . Aunque ¡ no . . . no ! Aquí ser vencido es que me deje por el otro . Por el otro , sí , porque aquí hay otro , no me cabe duda . ¿ Otro ? ¿ otro qué ? ¿ Es que acaso yo soy uno ? Yo soy un pretendiente , un solicitante , pero el otro . . . el otro se me antoja que no es ya pretendiente ni solicitante ; que no pretende ni solicita porque ha obtenido . Claro que no más que el amor de la dulce Eugenia . ¿ No más . . . ? » Un cuerpo de mujer irradiante de frescura , de salud y de alegría , que pasó a su vera , le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de sí . Púsose a seguir , casi maquinalmente , al cuerpo aquel , mientras proseguía soliloquizando : « ¡ Y qué hermosa es ! Ésta y aquélla , una y otra . Y el otro acaso en vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado ; tal vez no le corresponde como ella se merece . . . Pero ¡ qué alegría es esta chiquilla ! ¡ y con qué gracia saluda a aquel que va por allá ! ¿ De dónde habrá sacado esos ojos ? ¡ Son casi como los otros , como los de Eugenia ! ¡ Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos ! ¡ dejarse brezar en ellos como en olas de carne ! ¡ El otro . . . ! Pero el otro no es el novio de Eugenia , no es aquel a quien ella quiere ; el otro soy yo . ¡ Sí , yo soy el otro ; yo soy otro ! »
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