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En aquel momento se abrió la puerta , apareció Liduvina , y exclamando : ¡ ah ! , volvió a cerrarla . Augusto se turbó mucho más que Rosario , la cual , poniéndose rápidamente en pie , se atusó el pelo , se sacudió el cuerpo y con voz entrecortada dijo : — Bueno , señorito , ¿ hacemos la cuenta ? — Sí , tienes razón . Pero volverás , eh , volverás . — Sí , volveré . — ¿ Y me perdonas todo ? ¿ me lo perdonas ? — ¿ Perdonarle . . . qué ? — Esto , esto . . . Ha sido una locura . ¿ Me lo perdonas ? — Yo no tengo nada que perdonarle , señorito . Y lo que debe hacer es no pensar en esa mujer . — Y tú , ¿ pensarás en mí ? — Vaya , que tengo que irme . Arreglaron la cuenta y Rosario se fué . Y apenas se había ido entró Liduvina : — ¿ No me preguntaba usted el otro día , señorito , en qué se conoce si un hombre está o no enamorado ? — En efecto . — Y le dije en que hace o dice tonterías . Pues bien ; ahora puedo asegurarle que usted está enamorado . — Pero ¿ de quién ? ¿ de Rosario ? — ¿ De Rosario . . . ? ¡ Quia ! ¡ De la otra ! — Y ¿ de dónde sacas eso , Liduvina ? — ¡ Bah ! Usted ha estado diciendo y haciendo a ésta lo que no pudo decir ni hacer a la otra . — Pero ¿ tú te crees . . . ? — No , no , si ya me supongo que no ha pasado a mayores ; pero . . . — ¡ Liduvina , Liduvina ! — Como usted quiera , señorito . El pobre fué a acostarse ardiéndole la cabeza . Y al echarse en la cama , a cuyos pies dormía Orfeo , se decía : « ¡ Ay , Orfeo , Orfeo , esto de dormir solo , solo , solo , de dormir un solo sueño ! El sueño de uno solo es la ilusión , la apariencia ; el sueño de dos es ya la verdad , la realidad . ¿ Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos , el sueño común ? » Y cayó en el sueño . XIII Pocos días después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una señorita preguntaba por él . — ¿ Una señorita ? — Sí , ella , la pianista . — ¿ Eugenia ? — Eugenia , sí . Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco . El pobre Augusto empezó a temblar . Y es que se sentía reo . Levantóse , lavóse de prisa , se vistió y fué dispuesto a todo . — Ya sé , señor don Augusto — le dijo solemnemente Eugenia en cuanto le vio — , que ha comprado usted mi deuda a mi acreedor , que está en su poder la hipoteca de mi casa . — No lo niego . — Y ¿ con qué derecho hizo eso ? — Con el derecho , señorita , que tiene todo ciudadano a comprar lo que bien le parezca si el poseedor quiera venderlo . — No quiero decir eso , sino ¿ para qué lo ha comprado usted ? — Pues porque me dolía verle depender así de un hombre a quien acaso usted sea indiferente y que sospecho no es más que un traficante sin entrañas . — Es decir , que usted pretende que dependa yo de usted , ya que no le soy indiferente . . . — ¡ Oh , eso nunca , nunca , nunca ! ¡ Nunca , Eugenia , nunca ! Yo no busco que usted dependa de mí . Me ofende usted sólo con suponerlo . Verá usted — y dejándola sola se salió agitadísimo . Volvió al poco rato trayendo unos papeles .
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