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Al separarse uno de otro , Víctor y Augusto , iba diciéndose éste : « Y esta mi vida , ¿ es novela , es nivola o qué es ? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean , ¿ es realidad o es ficción ? ¿ No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea , que se desvanecerá en cuanto Él despierte , y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos e himnos , para adormecerle , para cunar su sueño ? ¿ No es acaso la liturgia toda de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos ? ¡ Ay , mi Eugenia ! ¡ mi Eugenia ! Y mi Rosarito . . . » — ¡ Hola , Orfeo ! Orfeo le había salido al encuentro , brincaba , le quería trepar piernas arriba . Cojióle y el animalito empezó a lamerle la mano . — Señorito — le dijo Liduvina — , ahí le aguarda Rosarito con la plancha . — ¿ Y cómo no la despachaste tú ? — Qué sé yo . . . Le dije que el señorito no podía tardar , que si quería aguardarse . . . — Pero podías haberle despachado como otras veces . . . — Sí , pero . . . en fin , usted me entiende . . . — ¡ Liduvina ! ¡ Liduvina ! — Es mejor que la despache usted mismo . — Voy allá . XVIII — ¡ Hola , Rosarito ! — exclamó Augusto apenas la vio . — Buenas tardes , don Augusto — y la voz de la muchacha era serena y clara y no menos clara y serena su mirada . — ¿ Cómo no has despachado con Liduvina como otras veces en que yo no estoy en casa cuando llegas ? — ¡ No sé ! Me dijo que me esperase . Creí que querría usted decirme algo . . . « Pero ¿ esto es ingenuidad o qué es ? » , pensó Augusto y se quedó un momento suspenso . Hubo un instante embarazoso , preñado de un inquieto silencio . — Lo que quiero , Rosario , es que olvides lo del otro día , que no vuelvas a acordarte de ello , ¿ entiendes ? — Bueno , como usted quiera . . . — Sí , aquello fué una locura . . . una locura . . . no sabía bien lo que me hacía ni lo que decía . . . como no lo sé ahora . . . — e iba acercándose a la chica . Esta le esperaba tranquilamente y como resignada . Augusto se sentó en un sofá , la llamó : ¡ ven acá ! , la dijo que se sentara , como la otra vez , sobre sus rodillas , y la estuvo un buen rato mirando a los ojos . Ella resistió tranquilamente aquella mirada , pero temblaba toda ella como la hoja de un chopo . — ¿ Tiemblas , chiquilla . . . ? — ¿ Yo ? Yo no . Me parece que es usted . . . — No tiembles , cálmate . — No vuelva a hacerme llorar . . . — Vamos , sí , que quieres que te vuelva a hacer llorar . Di , ¿ tienes novio ? — Pero qué preguntas . . . — Dímelo , ¿ le tienes ? — ¡ Novio . . . así , novio . . . no ! — Pero ¿ es que no se te ha dirigido todavía ningún mozo de tu edad ? — Ya ve usted , don Augusto . . . — ¿ Y qué le has dicho ? — Hay cosas que no se dicen . . . — Es verdad . Y vamos , di , ¿ os queréis ? — Pero ¡ por Dios , don Augusto . . . ! — Mira , si es que vas a llorar te dejo . La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto , ocultándolo en él , y rompió a llorar procurando ahogar sus sollozos . « Esta chiquilla se me va a desmayar » , pensó él mientras le acariciaba la cabellera .
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