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De la cuna nos viene la tristeza y también de la cuna la alegría . . . « Vaya — se dijo Augusto — , esta Eugenita , la profesora de piano , me ha cortado un excelente principio de poesía lírica trascendental . Me queda interrumpida . ¿ Interrumpida ? . . . Sí , el hombre no hace sino buscar en los sucesos , en las vicisitudes de la suerte , alimento para su tristeza o su alegría nativas . Un mismo caso es triste o alegre según nuestra disposición innata . ¿ Y Eugenia ? Tengo que escribirle . Pero no desde aquí , sino desde casa . ¿ Iré más bien al Casino ? No , a casa , a casa . Estas cosas desde casa , desde el hogar . ¿ Hogar ? Mi casa no es hogar . Hogar . . . hogar . . . ¡ Cenicero más bien ! ¡ Ay , mi Eugenia ! » Y se volvió Augusto a su casa . II Al abrirle el criado la puerta . . . Augusto , que era rico y solo , pues su anciana madre había muerto no hacía sino seis meses antes de estos menudos sucedidos , vivía con un criado y una cocinera , sirvientes antiguos en la casa e hijos de otros que en ella misma habían servido . El criado y la cocinera estaban casados entre sí , pero no tenían hijos . Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia había llegado alguien . — Nadie , señorito . Eran pregunta y respuesta sacramentales , pues apenas recibía visitas en casa Augusto . Entró en su gabinete , tomó un sobre y escribió en él : « Señorita doña Eugenia Domingo del Arco . E . P . M . » Y enseguida , delante del blanco papel , apoyó la cabeza en ambas manos , los codos en el escritorio , y cerró los ojos . « Pensemos primero en ella » — se dijo . Y esforzóse por atrapar en la oscuridad el resplandor de aquellos otros ojos que le arrastraran al azar . Estuvo así un rato sugiriéndose la figura de Eugenia , y como apenas si la había visto , tuvo que figurársela . Merced a esta labor de evocación fué surgiendo a su fantasía una figura vagarosa ceñida de ensueños . Y se quedó dormido . Se quedó dormido porque había pasado mala noche , de insomnio . — ¡ Señorito ! — ¿ Eh ? — exclamó despertándose . — Está ya servido el almuerzo . ¿ Fué la voz del criado , o fué el apetito , de que aquella voz no era sino un eco , lo que le despertó ? ¡ Misterios psicológicos ! Así pensó Augusto , que se fué al comedor diciéndose : ¡ oh , la psicología ! Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días : un par de huevos fritos , un bisteque con patatas y un trozo de queso Gruyère . Tomó luego su café y se tendió en la mecedora . Encendió un habano , se lo llevó a la boca , y diciéndose : « ¡ Ay , mi Eugenia ! » se dispuso a pensar en ella .
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