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— No te alarmes . Augusto , no te alarmes . El pobre Mauricio no muerde , ladra . — Ah , pues haz lo que dice el refrán árabe : « Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino , nunca llegarás al fin de él » . No sirve tirarles piedras . No le hagas caso . — Creo que hay otro medio mejor . — ¿ Cuál ? — Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos , porque ladran por hambre . — ¿ Qué quieres decir ? — Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz , y si no . . . — Si no . . . — Amenaza con perseguirme para comprometerme . . . — ¡ Desvergonzado ! ¡ Bandido ! — No te exaltes . Y creo que lo mejor es quitárnosle de en medio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible . Es , además , de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es , y . . . — Acaso tengas razón , Eugenia . Y mira , creo que podré arreglarlo todo . Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo . Y , en efecto , pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos . XXVIII Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio . Estuvo por despedirlo sin oirle , pero le atraía aquel hombre que fué en un tiempo novio de Eugenia , a la que ésta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo ; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él , de Augusto , intimidades que éste ignoraba ; de aquel hombre que . . . Había algo que les unía . — Vengo , señor — empezó sumisamente Mauricio — , a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme . . . — No tiene usted de qué darme las gracias , señor mío , y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer . — Pero ¡ si yo no la he molestado lo más mínimo ! — Sé a qué atenerme . — Desde que me despidió , e hizo bien en despedirme porque no soy yo el que a ella corresponde , he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y respetar , por supuesto , sus determinaciones . Y si ella le ha dicho a usted otra cosa . . . — Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer , y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad . Consuélese como pueda y déjenos en paz . — Es verdad . Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto . Iré a servirlo y me consolaré como pueda . Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita . . . — Y ¿ a mí qué me importa eso , caballero ? — Es que me parece que usted debe de conocerla . . . — ¿ Cómo ? ¿ cómo ? ¿ quiere usted burlarse . . . ?
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