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Unos débiles quejidos , como de un pobre animal , interrumpieron su soliloquio . Escudriñó con los ojos y acabó por descubrir , entre la verdura de un matorral , un pobre cachorrillo de perro que parecía buscar camino en tierra . « ¡ Pobrecillo ! — se dijo — . Lo han dejado recién nacido a que muera ; les faltó valor para matarlo . » Y lo recojió . El animalito buscaba el pecho de la madre . Augusto se levantó y volvióse a casa pensando : « Cuando lo sepa Eugenia , ¡ mal golpe para mi rival ! ¡ Qué cariño le va a tomar al pobre animalito ! Y es lindo , muy lindo . ¡ Pobrecito , cómo me lame la mano . . . ! » — Trae leche , Domingo ; pero tráela pronto — le dijo al criado no bien éste le hubo abierto la puerta . — ¿ Pero ahora se le ocurre comprar perro , señorito ? — No lo he comprado , Domingo ; este perro no es esclavo , sino que es libre ; lo he encontrado . — Vamos , sí , es expósito . — Todos somos expósitos , Domingo . Trae leche . Le trajo la leche y una pequeña esponja para facilitar la succión . Luego hizo Augusto que se le trajera un biberón para el cachorrillo , para Orfeo , que así le bautizó , no se sabe ni sabía él tampoco por qué . Y Orfeo fué en adelante el confidente de sus soliloquios , el que recibió los secretos de su amor a Eugenia . « Mira , Orfeo — le decía silenciosamente — , tenemos que luchar . ¿ Qué me aconsejas que haga ? Si te hubiese conocido mi madre . . . Pero ya verás , ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia , bajo su mano tibia y dulce . Y ahora , ¿ qué vamos a hacer , Orfeo ? » Fué melancólico el almuerzo de aquel día , melancólico el paseo , la partida de ajedrez melancólica y melancólico el sueño de aquella noche . VI « Tengo que tomar alguna determinación — se decía Augusto paseándose frente a la casa número 58 de la Avenida de la Alameda — ; esto no puede seguir así . » En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo , en que vivía Eugenia , y apareció una señora enjuta y cana con una jaula en la mano . Iba a poner el canario al sol . Pero al ir a ponerlo faltó el clavo y la jaula se vino abajo . La señora lanzó un grito de desesperación : « ¡ Ay , mi Pichín ! » Augusto se precipitó a recojer la jaula . El pobre canario revoloteaba dentro de ella despavorido . Subió Augusto a la casa , con el canario agitándose en la jaula y el corazón en el pecho . La señora le esperaba . — ¡ Oh , gracias , gracias , caballero ! — Las gracias a usted , señora . — ¡ Pichín mío ! ¡ mi Pichincito ! ¡ Vamos , cálmate ! ¿ Gusta usted pasar , caballero ? — Con mucho gusto , señora . Y entró Augusto . Llevólo la señora a la sala , y diciéndole : « Aguarde un poco , que voy a dejar a mi Pichín » , le dejó solo . En este momento entró en la sala un caballero anciano , el tío de Eugenia sin duda . Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza . Acercóse a Augusto , y tomando asiento junto a él le dirigió estas palabras : — ( Aquí una frase en esperanto que quiere decir : ¿ Y usted no cree conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto ? ) Augusto pensó en la huída , pero el amor a Eugenia le contuvo . El otro prosiguió hablando , en esperanto también .
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