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V — ¿ No está usted solo , señor Luciano ? — dijo el bandido . — No se preocupe usted por eso , Orlandini : el señor es un amigo que ha oído hablar de usted y que ha querido visitarle . Me ha parecido que no debía negarle esa satisfacción . — El señor es el bienvenido en el campo — dijo el bandido inclinándose y dando en seguida algunos pasos hacia nosotros . Le devolví el saludo con la más puntual cortesía . — ¿ Deben ustedes haber llegado hace ya rato ? — continuó Orlandini . — Sí , hace unos veinte minutos . — Eso es ; oí la voz de Diamante que aullaba en el mucchio , y hace ya un cuarto de hora que me alcanzó . Qué animal tan bueno y fiel , ¿ no es verdad , señor Luciano ? — Sí , ésa es la palabra , Orlandini , bueno y fiel — contestó Luciano acariciando al perro . — Pero desde que usted sabía que el señor Luciano estaba aquí — le pregunté : — - ¿ Por qué no ha venido usted antes ? — Porque no teníamos cita hasta las nueve — contestó el bandido , — y es ser tan poco puntual llegar un cuarto de hora antes como un cuarto de hora después . — ¿ Me lo echa usted en cara , Orlandini ? — preguntó Luciano riendo . — No , señor , podía usted tener sus razones para eso ; además , está usted acompañado , y probablemente ha faltado a sus costumbres a causa del señor ; porque usted también es puntual , señor Luciano , y yo lo sé mejor que nadie : se ha incomodado tantas veces por mí . . . — No hay para que agradecérmelo , Orlandini , porque probablemente esta vez será la última . — ¿ No tenemos algo que decirnos al respecto , señor Luciano ? — preguntó el bandido . — Sí , y si quiere usted seguirme . . . — Estoy a sus órdenes . Luciano se volvió hacia mí , diciendo : — Usted me disculpará , ¿ no es cierto ? — Es usted muy dueño , siga usted . Ambos se alejaron , y subiendo a la brecha en que se me había aparecido Orlandini , se detuvieron permaneciendo de pie , y destacándose vigorosamente sobre la luz de la luna que parecía bañar los contornos de sus dos siluetas sombrías , con un flúido de plata . Sólo entonces pude mirar atentamente a Orlandini . Era un hombre alto , de larga barba , y vestido exactamente del mismo modo que el joven de Franchi , con la única diferencia de que sus vestidos llevaban la huella de un frecuente contacto con los matorrales en que vivía como propietario , las zarzas entre las que había tenido que huir más de una vez , y la tierra en que dormía noche a noche . Yo no podía saber lo que decían , primero porque estaban a unos veinte pasos de mí y luego porque hablaban en dialecto corso . Pero , por sus ademanes , veía fácilmente que el bandido refutaba con gran calor una serie de razonamientos que el joven exponía con una calma que hacía honor a su imparcialidad en el asunto . Por último , los ademanes de Orlandini fueron haciéndose menos frecuentes y menos enérgicos ; su misma palabra pareció languidecer : ante una postrera observación bajó la cabeza y luego , al cabo de un instante , tendió la mano al joven .
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