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CAPÍTULO X Fuí al cuarto de Margarita y en realidad más me valiera no haber ido . Echada sobre un sofá y con el vestido desabrochado , comprimía con una mano su corazón , teniendo caída , maquinalmente , la otra . Sobre una mesa había una jofaina de plata medio llena de agua , jaspeada con hilos de sangre . Margarita , muy pálida y con la boca entreabierta , procuraba tomar aliento . Su pecho se hinchaba a cada instante a impulsos de un prolongado suspiro , que , al exhalarle , parecía como que se aliviaba un poco , quedando por algunos segundos en cierta aparente tranquilidad . Me acerqué a ella , sin que la joven hiciese ningún movimiento ; me senté y la tomé de la mano que tenia abandonada sobre el sofá . — ¡ Ah ! ¿ sois vos ? — me dijo sonriendo . Creo que mi rostro estaba demudado , pues añadió : — ¡ Qué ! ¿ también estáis malo ? — No ; ¿ pero vos sufrís todavía ? — Muy poco — y con su pañuelo enjugó las lágrimas que la tos había arrancado a sus ojos ; — ¡ estoy tan acostumbrada , amigo mío ! . . . — Os estáis matando — le dije entonces con voz conmovida : — quisiera ser amigo o pariente vuestro para impedir que os perjudiquéis de esta manera . — ¡ Ah ! no vale la pena de que os alarméis — repuso en tono amargo . — ¡ Observad cómo los demás no se ocupan de mí ! ¡ como saben que no hay remedio para esta enfermedad ! . . . Levantóse en seguida , y tomando una luz , que dejó sobre la chimenea , se miró al espejo . — ¡ Estoy muy pálida ! — dijo arreglándose el vestido y pasándose los dedos por sus cabellos desordenados . — Pero ¡ qué diablos ! volvamos a la mesa . ¿ Venís ? Yo estaba sentado e inmóvil . Ella , comprendiendo la emoción que aquella escena me había causado , se acercó a mí , y tendiéndome la mano , exclamó : — ¡ Ea ! venid . Tomé su mano , y llevándola a mis labios , la humedecí a pesar mío , con dos lágrimas mucho tiempo contenidas . — ¡ Qué niño sois ! — dijo sentándose a mi lado . — ¡ Estáis llorando ! ¿ Qué os pasa ? ¿ qué tenéis ? — Debo pareceros harto ridículo , pero lo que acabo de ver me ha lastimado muchísimo . — ¡ Sois muy bueno ! ¡ Qué queréis ! no pudiendo dormir , me es preciso buscar distracciones . Y luego , ¿ qué le importa al mundo una joven más o menos de las de mi clase ? Dicen los médicos que la sangre que arrojo procede de los bronquios ; yo aparento creerlos , que es cuanto puedo hacer por ellos . — Escuchad , Margarita — dije entonces con una expresión que no pude contener : — ignoro la influencia que podáis tener sobre mi vida , pero sí sé que en este instante no hay nadie , ni siquiera mi hermana , por quien me interese como por vos , lo mismo que desde que os vi . Pues bien , en nombre del Cielo , cuidaos y dejad de vivir como hasta hoy . — Yo creo que si me cuidara , moriría más pronto . Lo que me sostiene es la vida excitada que llevo . Además , el cuidarse es bueno para las mujeres del mundo que tienen familia y amigos ; pero nosotras , cuando ya no podemos servir a la vanidad o al placer de nuestros amantes , nos abandonan , sin cuidarse de que las noches largas suceden a los largos días . ¡ A fe que esto me consta . Dos meses he estado en cama , y a las tres semanas ya nadie venía a verme ! — Es verdad que no soy nada vuestro — proseguí , — pero si quisieseis , yo os cuidaría como un hermano , no os dejaría y os curaría . Y así , cuando tuvieseis fuerzas para ello , os podríais entregar de nuevo a la vida que lleváis , si así lo deseabais ; pero casi estoy seguro de que preferiríais una existencia tranquila que hiciera vuestra felicidad y conservara vuestra hermosura .
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