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— Fué a la Ópera . — Ya lo sé . ¿ Y después ? — Cenó en su casa . — ¿ Sola ? — No . Creo que con el conde de G . . . De manera que mi rompimiento no había alterado en nada las costumbres de Margarita . No desacertó quien me dijo : « No debéis pensar más en semejante mujer » . — Me alegro mucho de que Margarita no se inquiete por mí — dije con una sonrisa sarcástica . — Y no le falta razón . Vos habéis hecho lo que era verdaderamente natural ; habéis sido más razonable que ella , puesto que ella os amaba de veras , siempre hablaba de vos , y hubiera sido capaz de hacer cualquier barbaridad por vos . — Entonces , ¿ por qué no ha contestado ? — Porque ha comprendido que no debía amaros . Además , las mujeres toleran a veces que se engañe su cariño , pero jamás que se las hiera en su amor propio , y se las hiere siempre que a los dos días de ser su amante se las abandona , sean cuales fueren las razones o pretexto que se aleguen para el rompimiento . Conozco a Margarita y sé muy bien que es capaz de morirse antes que contestaros . — ¿ Qué debo hacer , pues ? — Nada . Os olvidará , la olvidaréis , y nada tendréis que reprocharos el uno al otro . — ¿ Y si yo la escribiese pidiéndole perdón ? — Guardaos bien de hacerlo , porque tengo la seguridad de que os perdonaría . Estuve por abrazar a Prudencia . Un cuarto de hora después estaba en mi casa escribiendo lo siguiente a Margarita : « Cierto joven que se arrepiente de lo dicho en una carta que escribió ayer , el cual está resuelto a , si no le perdonáis , partir mañana , desea saber a qué hora podrá poner su arrepentimiento a vuestros pies . « Desearía también que la recibieseis a solas , porque , como sabéis , las confesiones deben hacerse sin testigos » . Doblé esta especie de madrigal en prosa y lo mandé por quien entregó el billete a Margarita , la cual dijo que contestaría más tarde . Sólo salí un momento para ir a comer , y a las once de la noche aún no tenía contestación . Entonces resolví no sufrir por más tiempo y partir al día siguiente . Convencido de que no podría dormir , aunque me acostase , me puse a arreglar mi equipaje . CAPÍTULO XV Haría como cosa de una hora que llevaba ocupado en hacer los preparativos de mi viaje , cuando llamaron fuertemente a la puerta . — ¿ Voy a abrir ? — me preguntó José , que me ayudaba en la tarea . — Sí , abre . Y mientras pensaba en quién podía venir a tales horas , no atreviéndome a creer que fuese Margarita , me dijo mi criado : — ¡ Señor , son dos señoras ! — ¡ Somos nosotras , Armando ! — gritó una voz que reconocí por la de Prudencia . Inmediatamente salí al encuentro . Prudencia estaba de pie contemplando las curiosidades de mi salón : Margarita sentada en el sofá reflexionaba . Volé más que fuí hacia ella , y no atreviéndome a abrazarla , me postré a sus pies , y tomándole ambas manos , exclamé profundamente conmovido : — ¡ Perdón ! Su contestación fué darme un beso en la frente y exclamar : — Os perdono ya por tercera vez . — Iba a partir mañana .
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