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Prudencia tenía indudablemente razón . — Ocurre — prosiguió , — que las mujeres de la clase a que ha pertenecido Margarita , preveen siempre que serán amadas , pero nunca que serán ellas las que amen , lo que hace que no se ocupen de economizar , para poder permitirse a los treinta años el lujo de tener un amante a su gusto . ¡ Si en mis buenos tiempos hubiera yo sabido lo que sé . . . ! En fin , no digáis nada a Margarita y traedla a París . Habéis vivido sólo con ella cuatro o cinco meses , está bien , ahora cerrad los ojos ; nada más tengo que advertiros . Dentro de quince días aceptará al conde de N . . . . economizará durante el invierno , y el verano próximo podréis volver a las andadas . Ya veis cómo todo puede solucionarse . Y Prudencia parecía admirada de su propio consejo , que yo rechazaba con indignación . No sólo mi amor y mi dignidad me prohibían aceptar lo que me aconsejaba Prudencia , sino que estaba convencido de que , en el punto a que habían llegado las cosas , Margarita hubiera preferido morir antes que transigir con aquella extraña combinación . — Basta de chanzas — dije a Prudencia resueltamente ; — ¿ cuánto necesita Margarita ? — Ya os lo he dicho , treinta mil francos . — ¿ Y cuándo hay que pagar esta suma ? — Antes de dos meses . — Se pagará . Prudencia se encogió de hombros . — Ya os lo remitiré — proseguí ; — pero juradme que no diréis a Margarita que soy yo quien os la ha facilitado . — Estad tranquilo . — Y si os envía algún otro objeto para que lo vendáis o empeñéis , noticiádmelo . — No hay cuidado , porque ya nada queda . Dejé a Prudencia y me dirigí a mi casa a ver si había cartas de mi padre . Se habían recibido cuatro . CAPÍTULO XIX Abrí las cartas de mi padre . En las tres primeras me manifestaba el cuidado en que mi silencio le tenía , y me preguntaba el motivo ; en la última me dejaba adivinar que le habían enterado de mi cambio de vida , y me avisaba su próxima llegada . Siempre he tenido gran respeto a mi padre , y le he profesado una afección sincera ; he aquí por qué le contesté que un corto viaje había sido la causa de mi silencio y le rogué al mismo tiempo que me fijara el día de su llegada para que pudiera ir a recibirle . Di a mi criado las señas de la casa de campo , encargándole que me llevase la primera carta que viniera con el timbre de la ciudad de C . . . y en seguida regresé a Bougival . Margarita me esperaba a la puerta del jardín . Su mirada revelaba gran inquietud . Abrazóme cariñosamente preguntándome luego : — ¿ Has visto a Prudencia ? — No . — ¿ Qué has hecho tanto tiempo en París ?
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