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Desgraciadamente la pasión mala dominaba en mí , y yo no buscaba más que un medio para hacer sufrir a aquella pobre criatura . ¡ Oh ! el hombre es muy pequeño y muy vil cuando está herido en sus mezquinas pasiones . Aquella misma Olimpia , con la cual la había visto , era si no la amiga de Margarita , la que ella trataba con más intimidad desde su vuelta a París . Iba a dar un baile , y ante la idea de que Margarita asistiría tal vez , procuré que me invitaran y lo conseguí . Cuando , lleno de dolorosas emociones , entré en el baile , éste estaba ya muy animado . Bailábase , se gritaba también , y en uno de los cuadros vi a Margarita bailando con el conde de N . . . , el cual afectaba orgullo en enseñarla , y parecía decir a todos : — Esta mujer me pertenece . Fuí a colocarme junto a la chimenea , cabalmente enfrente de donde estaba Margarita , viendo cómo bailaba . Verme y turbarse fué obra de un segundo . Notélo yo , y la saludé distraidamente con la mano y los ojos . Al pensar que después del baile no sería yo quien la acompañara , sino aquel rico imbécil ; cuando me figuraba lo que vendría después del regreso a su casa , la sangre se me subía a las mejillas y me asaltaba el deseo de perturbar aquellos amores . Terminada la danza , fuí a saludar a la dueña de casa , que hacía ostentación ante los ojos de sus convidados de unas espaldas esculturales y de una garganta encantadora . Aquella cortesana era hermosa , tanto , que bajo el punto de vista de la forma , era más perfecta que Margarita . Acabé de persuadirme de ello por algunas miradas que ésta dirigió a Olimpia , mientras yo conversaba con ella . El hombre que hubiese conseguido ser amante de aquella mujer , podía estar tan orgulloso de sí mismo como el señor de N . . . y era bastante guapa para poder inspirar una pasión igual a la que Margarita me había inspirado . Entonces no tenía amante . No era , pues , imposible llegar a serlo . Todo consistía en tirar mucho oro para llamar su atención . Tomé , pues , mi determinación y me dije : — Esta mujer será mi querida . Empecé mi papel de pretendiente bailando con Olimpia . Antes de la media hora , Margarita , pálida como un difunto , se envolvía en su abrigo de pieles y dejaba el baile . CAPÍTULO XXIV Ya tenía dado el primer paso en mi venganza , pero sólo el primero . Comprendía el imperio que aún tenía sobre aquella mujer , y abusaba de él criminalmente . Cuando pienso que ha muerto , me pregunto si querrá Dios perdonarme el daño que le hice . Después de la cena , que fué de las más bulliciosas , se empezó el juego . Me coloqué al lado de Olimpia e hice apuestas tan fuertes , que conseguí llamar su atención . En un momento gané ciento cincuenta o doscientos luises que , amontonados delante de mí , atraían sus codiciosas miradas . Yo era el único que no estaba completamente preocupado por el juego , y el único de quien se ocupaba Olimpia . Seguí ganando toda la noche , dando a Olimpia dinero para que siguiese jugando , pues había perdido cuanto tenía delante y probablemente en su casa .
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