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A mí me hizo Dios así , y no tiene remedio , no hay que darle vueltas , soy padre , tengo una hija de veinte años , alta y bien formada , y cuando traen por aquí una muerta de su edad , pienso en ella , y así sea una gran señora o una vagabunda me entristezco y pongo malhumorado . Tal vez os aburro con mis historias , y vos no habéis venido aquí para escucharlas . Me han mandado que os acompañe a la tumba de la señorita Gautier y ahí la tenéis . ¿ Puedo seros útil en algo más ? — ¿ Las señas de la habitación de M . Armando Duval sabéis cuáles son ? — le pregunté sin contestar a sus filosofías . — Sí , señor ; vive en la calle de . . . o al menos , allí es donde fuí a cobrar el valor de todas las flores que estáis viendo . — Bien , muchas gracias , buen hombre . Dirigí la última mirada a la florida tumba , cuyo fondo hubiera querido penetrar a pesar mío para ver en qué se había trocado la hermosísima criatura que del polvo había vuelto al polvo , y me alejé triste y pensativo . — ¿ Queréis ver a M . Duval ? — prosiguió el jardinero que venía siguiéndome . — Sí . — Es que casi aseguraría que no ha vuelto , pues de lo contrarío hubiera ya venido aquí . — ¿ Conque estáis convencido de que sigue pensando en Margarita ? — No solamente estoy convencido de ello , sino que apostaría cualquier cosa a que su deseo por cambiarla de sepulcro es el deseo de volverla a ver . — ¿ Cómo ? ¿ qué decís ? — Lo que antes que nada me preguntó al venir al cementerio fué : « ¿ Qué he de hacer para verla ? » . Esto no podía verificarse sino por medio de un cambio de sepultura , y yo mismo le enteré de todas las formalidades que debía llenar para conseguirlo , pues ya sabéis que para trasladar los muertos de un sepulcro a otro es indispensable reconocerlos y únicamente la familia puede autorizar este acto , que debe ser presidido por un comisario , de modo que monsieur Duval partió inmediatamente para pedir esa autorización a la hermana de la señorita Gautier , y es de suponer que su primera visita sea para la difunta . Llegamos a la puerta del cementerio , di de nuevo las gracias y una propina al jardinero , y me dirigí inmediatamente a casa de Armando . Como aún no había vuelto , dejé mi tarjeta rogándole que viniese a verme tan pronto como llegara , o me mandase a decir dónde y cómo podría avistarme con él . A la mañana siguiente recibí una carta de M . Duval en la que anunciaba su regreso y me rogaba que pasase a su casa , disculpándose de no venir a la mía por no permitírselo su estado . CAPÍTULO VI Me dirigí inmediatamente a su casa . Estaba en cama . Alargóme una mano calenturienta . — Parece que tenéis fiebre — le dije . — Sí , pero no será nada ; la fatiga de un viaje tan apresurado : he aquí el origen . — ¿ Acaso venís de casa de la hermana de Margarita ? — Sí ; ¿ quién os lo ha dicho ? — Yo lo sé ; ¿ y habéis obtenido lo que deseabais ? — Sí — y preguntó extrañado , — ¿ quién os ha informado tan bien ? — El jardinero del cementerio .
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