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Y ya van cinco pueblos que han hecho lo mismo que los indios : los de Nueva Zelandia , los ingleses , los canarios , los japoneses y los moros . Sin contar la pelota , que todas los pueblos la juegan , y entre los indios era una pasión , como que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo , y que los dioses mexicanos , que eran diferentes de los dioses griegos , bajaban a decirle cómo debía tirar la pelota y recogerla . Lo de la pelota , que es muy curioso , será para otro día . Ahora contamos lo del palo , y lo de los equilibrios que los indios hacían con él , que eran de grandísima dificultad . Los indios se acostaban en la tierra , como los japoneses de los circos cuando van a jugar a las bolas o al barril ; y en el palo , atravesado sobre las plantas de los pies , sostenían hasta cuatro hombres , que es más que lo de los moros , porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos sobre los hombros , pero no sobre la planta de los pies . Tzaá le decían a este juego : dos indios se subían primero en las puntas del palo , dos más se encaramaban sobre estos dos , y los cuatro hacían sin caerse muchas suertes y vueltas . Y los indios tenían su ajedrez , y sus jugadores de manos , que se comían la lana encendida y la echaban por la nariz : pero eso , como la pelota , será para otro día . Porque con los cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá , la niña bonita de Guatemala : — ¿ Chichá , por qué te comes esa aceituna tan despacio ? — Porque me gusta mucho . Bebé y el señor don Pomposo Bebé es un niño magnífico , de cinco años . Tiene el pelo muy rubio , que le cae en rizos por la espalda , como en la lámina de los Hijos del Rey Eduardo , que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres , para hacerse él rey . A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy , el que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres . Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla , y blusa con cuello de marinero , de dril blanco como los pantalones , y medias de seda colorada , y zapatos bajos . Como lo quieren a él mucho , él quiere mucho a los demás . No es un santo , ¡ oh , no ! : le tuerce los ojos a su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces , y se sentó una vez en visita con las pierna cruzadas , y rompió un día un jarrón muy hermoso , corriendo detrás de un gato . Pero en cuanto ve un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene : a su caballo le lleva azúcar todas las mañanas , y lo llama « caballito de mi alma » ; con los criados viejos se está horas y horas , oyéndoles los cuentos de su tierra de África , de cuando ellos eran príncipes y reyes .
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