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VI LA VIUDA DEL CABECILLA — Hablemos ahora de pequeñeces , impropias , hasta cierto punto , de personas de nuestra posición ; pero en que hay que entrar forzosamente . La fatalidad , señora Condesa , ha traído a esta casa , e impide salir de ella en cuarenta o cincuenta días , a un extraño para ustedes , y un desconocido , a un don Jorge de Córdoba , de quien nunca habían oído hablar , y que tiene un pariente millonario . . . Usted no es rica , según acaba de contarme . . . — ¡ Lo soy ! — interrumpió valientemente la guipuzcoana . — No lo es usted . . . ; cosa que la honra mucho , puesto que su magnánimo esposo se arruinó defendiendo la más noble causa . . . ¡ Yo , señora , soy también algo carlista ! — ¡ Aunque fuera usted el mismísimo don Carlos ! ¡ Hábleme de otro asunto , o demos por terminada esta conversación ! ¡ Pues no faltaba más , sino que yo aceptara el dinero ajeno para cumplir con mis deberes de cristiana ! — Pero , señora , usted no es médico , ni boticario , ni . . . — ¡ Mi bolsillo es todo eso para su primo de usted ! Las muchas veces que mi esposo cayó herido defendiendo a don Carlos ( menos la última , que , indudablemente en castigo de estar ya de acuerdo con el traidor Maroto , no halló quien le auxiliara , y murió desangrado en medio de un bosque ) , fue socorrido por campesinos de Navarra y Aragón , que no aceptaron reintegro ni regalo alguno . . . ¡ Lo mismo haré yo con don Jorge de Córdoba , y quiera o no quiera su millonaria familia ! — Sin embargo , Condesa , yo no puedo aceptar . . . — observó el Marqués , entre complacido y enojado . — ¡ Lo que no podrá usted nunca es privarme de la alta honra que el cielo me deparó ayer ! Contábame mi difunto esposo que , cuando un buque mercante o de guerra descubre en la soledad del mar y salva de la muerte a algún náufrago , se recibe a este a bordo con honores reales , aunque sea el más humilde marinero . La tripulación sube a las vergas ; tiéndese rica alfombra en la escala de estribor , y la música y los tambores baten la Marcha Real de España . . . ¿ Sabe usted por qué ? ¡ Porque en aquel náufrago ve la tripulación a un enviado de la Providencia ! ¡ Pues lo mismo haré yo con su primo de usted ! ¡ Yo pondré a sus plantas toda mi pobreza por vía de alfombra , como pondría miles de millones si los tuviese ! — ¡ Generala ! — exclamó el Marqués , llorando a lágrima viva . — ¡ Permítame usted besarle la mano ! — ¡ Y permite , querida mamá , que yo te abrace llena de orgullo ! — añadió Angustias , que había oído toda la conversación desde la puerta de la sala . Doña Teresa se echó también a llorar , al verse tan aplaudida y celebrada . Y como la gallega , reparando en que otros gemían , no desperdiciara tampoco la ocasión de sollozar ( sin saber por qué ) , armose allí tal confusión de pucheros , suspiros y bendiciones , que más vale volver la hoja , no sea que los lectores salgan también llorando a moco tendido , y yo me quede sin público a quien seguir contando mi pobre historia . . .
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