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XI . El bombardeo de Pamplona Dios te guarde , Frasquita . . . — dijo el Corregidor a media voz , apareciendo bajo el emparrado y andando de puntillas . — ¡ Tanto bueno , señor Corregidor ! ( respondió ella en voz natural , haciéndole mil reverencias ) . ¡ Usía por aquí a estas horas ! ¡ Y con el calor que hace ! ¡ Vaya , siéntese Su Señoría ! . . . Esto está fresquito . — ¿ Cómo no ha aguardado Su Señoría a los demás señores ? — Aquí tienen ya preparados sus asientos . . . Esta tarde esperamos al señor Obispo en persona , que le ha prometido a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra . — ¿ Y cómo lo pasa Su Señoría ? ¿ Cómo está la Señora ? El Corregidor se había turbado . — La ansiada soledad en que encontraba a la señá Frasquita le parecía un sueño , o un lazo que le tendía la enemiga suerte para hacerle caer en el abismo de un desengaño . Limitose , pues , a contestar : — No es tan temprano como dices . . . Serán las tres y media . . . El loro dio en aquel momento un chillido . — Son las dos y cuarto , — dijo la navarra , mirando de hito en hito al madrileño . Éste calló , como reo convicto que renuncia a la defensa . — ¿ Y Lucas ? ¿ Duerme ? — preguntó al cabo de un rato . ( Debemos advertir aquí que el Corregidor , lo mismo que todos los que no tienen dientes , hablaba con una pronunciación floja y sibilante , como si se estuviese comiendo sus propios labios . ) — ¡ De seguro ! ( contestó la señá Frasquita ) . — En llegando estas horas se queda dormido donde primero le coge , aunque sea en el borde de un precipicio . . . — Pues mira . . . ¡ déjalo dormir ! . . . ( exclamó el viejo Corregidor , poniéndose más pálido de lo que ya era ) . — Y tú , mi querida Frasquita , escúchame . . . , oye . . . , ven acá . . . ¡ Siéntate aquí ; a mi lado ! . . . Tengo muchas cosas que decirte . . . — Ya estoy sentada , — respondió la Molinera , agarrando una silla baja y plantándola delante del Corregidor , a cortísima distancia de la suya . Sentado que se hubo , Frasquita echó una pierna sobre la otra , inclinó el cuerpo hacia adelante , apoyó un codo sobre la rodilla cabalgadora , y la fresca y hermosa cara en una de sus manos ; y así , con la cabeza un poco ladeada , la sonrisa en los labios , los cinco hoyos en actividad , y las serenas pupilas clavadas en el Corregidor , aguardó la declaración de Su Señoría . — Hubiera podido comparársela con Pamplona esperando un bombardeo . El pobre hombre fue a hablar , y se quedó con la boca abierta , embelesado ante aquella grandiosa hermosura , ante aquella esplendidez de gracias , ante aquella formidable mujer , de alabastrino color , de lujosas carnes , de limpia y riente boca , de azules e insondables ojos , que parecía creada por el pincel de Rubens . — ¡ Frasquita ! . . . ( murmuró al fin el delegado del rey , con acento desfallecido , mientras que su marchito rostro , cubierto de sudor , destacándose sobre su joroba , expresaba una inmensa angustia ) . ¡ Frasquita ! . . .
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