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— ¿ Pues no lo he de creer ? — Digo más . . . cuando yo venía me he cruzado con él sin conocerlo . ¡ Él era sin duda uno que echaba yescas en medio de un sembrado ! — ¡ Dios mío ! ¡ Cuando piensa una que los animales tienen más entendimiento que las personas ! — Porque ha de saber V . , señor Juan , que indudablemente nuestras dos burras se reconocieron y se saludaron , mientras que mi Lucas y yo ni nos saludamos ni nos reconocimos . . . . ¡ Antes bien huimos el uno del otro , tomándonos mutuamente por espías ! . . . — ¡ Bueno está su Lucas de V . ! ( replicó el Alcalde ) . — En fin , vamos andando , y ya veremos lo que hay que hacer con todos Vds . ¡ Conmigo no se juega ! ¡ Yo soy el Rey ! . . . Pero no un rey como el que ahora tenemos en Madrid , o sea en el Pardo , sino como aquel que hubo en Sevilla , a quien llamaban D . Pedro el Cruel . — ¡ A ver , Manuela ! ¡ Tráeme el bastón , y dile a tu ama que me marcho ! Obedeció la sirvienta ( que era por cierto más buena moza de lo que convenía a la Alcaldesa y a la moral ) , y , como la mulilla del Sr . Juan López estuviese ya aparejada , la señá Frasquita y él salieron para el molino , seguidos del indispensable Toñuelo . XXV . La estrella de Garduña Precedámosles nosotros , supuesto que tenemos carta blanca para andar más de prisa que nadie . Garduña se hallaba ya de vuelta en el molino , después de haber buscado a la señá Frasquita por todas las calles de la Ciudad . El astuto Alguacil había tocado de camino en el Corregimiento , donde lo encontró todo muy sosegado . Las puertas seguían abiertas como en medio del día , según es costumbre cuando la Autoridad está en la calle ejerciendo sus sagradas funciones . Dormitaban en la meseta de la escalera y en el recibimiento otros alguaciles y ministros , esperando descansadamente a su amo ; mas , cuando sintieron llegar a Garduña , desperezáronse dos o tres de ellos , y le preguntaron al que era su decano y jefe inmediato : — ¿ Viene ya el señor ? — ¡ Ni por asomo ! — Estaos quietos . — Vengo a saber si ha habido novedad en la casa . . . . — Ninguna . — ¿ Y la Señora ? — Recogida en sus aposentos . — ¿ No ha entrado una mujer por estas puertas hace poco ? — Nadie ha parecido por aquí en toda la noche . . . . — Pues no dejéis entrar a persona alguna , sea quien sea y diga lo que diga . ¡ Al contrario ! Echadle mano al mismo lucero del alba que venga a preguntar por el Señor o por la Señora , y llevadlo a la cárcel . — ¿ Parece que esta noche se anda a caza de pájaros de cuenta ? — preguntó uno de los esbirros . — ¡ Caza mayor ! — añadió otro . — ¡ Mayúscula ! ( respondió Garduña solemnemente . ) ¡ Figuraos si la cosa será delicada , cuando el señor Corregidor y yo hacemos la batida por nosotros mismos ! . . . — Conque . . . hasta luego , buenas piezas , y ¡ mucho ojo ! — Vaya V . con Dios , señor Bastián , — repusieron todos , saludando a Garduña . — ¡ Mi estrella se eclipsa ! ( murmuró éste al salir del Corregimiento . ) ¡ Hasta las mujeres me engañan ! La Molinera se encaminó al Lugar en busca de su esposo , en vez de venirse a la Ciudad . . . — ¡ Pobre Garduña ! ¿ Qué se ha hecho de tu olfato ?
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